Los milagros cuestan dinero

MARÍA RUIZ

Les voy a contar un secreto. Hay un poder que envía las cosas a su tiempo. Que después de años de caos y confusión, de laberintos malditos y de batallas sin victorias, de pronto, hace que la pieza encaje y el camino se ensanche.

El hombre más extraordinario y fascinante que he conocido en mi vida llamaba a ese poder providencia. Y ¿qué es la providencia? «Yo no lo sé, pero sí sé que hay algo que hace lo que quiere en este mundo real. Y que casi siempre es para bien». Eso me dijo una vez Vicente Ferrer en Ceuta. Entre sus frases deslizaba mensajes que se dirigían de tú a tú a las conciencias, pero además, sabía que los milagros no son gratis: «Sólo vengo a España a pedir dinero».

Ahora, cuando saltan en Europa las alarmas de la recesión activadas por pibs que caen y avivan unas incertidumbres que llevan también apellidos chinos y norteamericanos; ahora que desempolvamos las mismas palabras que usábamos en 2008 y en años posteriores; ahora que los miedos se agazapan tras cortinas idénticas a las que cubrieron entonces las señales es tiempo de milagros como los que un hombre bajo un paraguas hacía en India. Solo que los milagros que necesitamos cuestan dinero, como los de Vicente Ferrer. No basta con que la dispuesta providencia pronostique victorias que mejoren otras anteriores, que escriba sentencias que apuesten por el bienestar social o que trocee una otrora unidad de acción en busca del conflicto.

Alguien dirá que necesitamos a Aristóteles. Y sus principios de justicia retributiva asimilados por John Rawls en su teoría liberalista de la 'mundialización'. Otros pensarán que lo que nos hace falta es un señor bajo un paraguas que reciba dinero para construir pozos en grandes extensiones yermas. Para que la pieza encaje y el camino se ensanche.