MIENTEN

ARANTZA FURUNDARENA

Vengo comprobando desde hace tiempo que la fanfarronería cotiza al alza. Se lleva. Está bien vista. Socialmente aceptada. Fardar se está convirtiendo en el deporte nacional. Lo de sacar pecho, antaño tan típico de ciertos cuñados, ahora lo practican desde el yerno al primo, la suegra, la nuera y los compañeros de trabajo. Y si antes sonrojaba, ahora causa admiración. Es esta una sociedad de pechos inflamados, de gente que va de puntillas para aparentar ser más alta. Y en ese contexto es lógico que prosperen ideologías enraizadas en el patriotismo, que no deja de ser un tipo de farolada pandémica, de narcisismo social amparado en la atosigante consigna de 'como mi tierra, ninguna'.

Este concepto no solo abarca al terruño sino a muchas otras áreas. Especialmente, la relativa a los viajes. Todos (yo la primera) hemos disfrutado alguna vez versionando nuestras aventuras en el extranjero, nos hemos puesto el salacot del chiripitifláutico capitán Tan y hemos proclamado aquello de: «En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo...». Pero eso que yo creía un sarampión juvenil, hoy parece haber derivado en enfermedad crónica. No deja de maravillarme lo que le cunden hoy a la gente los cuatro días de un puente, y no digamos ya la Semana Santa o el viajecito de las vacaciones de verano. En esto, como en todo, el más fanático es el converso. Están los que tras un fin de semana en Londres, Roma o Moscú regresan convertidos en consumados guías turísticos y los que apenas acaban de descubrir América y ya se sienten capaces de explicársela al mismísimo Colón.

Por eso no me ha sorprendido que un sondeo afirme que casi el 70% de los españoles miente sobre sus vacaciones. Es el porcentaje más alto de Europa, aunque seguido de cerca por italianos y portugueses. En esta carrera de avestruces por ver quién tiene el cuello más largo se miente (o se exagera hasta la irrealidad) sobre cualquier aspecto relativo al viaje: el tiempo que ha hecho, la calidad del alojamiento e incluso la cantidad de alcohol ingerido. Es tal el delirio que hoy lo elegante es no moverse de casa. O viajar mucho y negarlo. Como ese letrero a la entrada de un famoso restaurante que dice: «Hemingway nunca comió aquí».