Mercado mortal

BORJA RODRÍGUEZ

Julio de 2019, Mercado Central de Valencia. Realmente me he quedado preocupado. Acudo a la sección de pescadería a comprar el bonito fresco que necesito para elaborar un marmitako. Hacía tiempo que no iba y como las ocasiones especiales merecen un producto de calidad, no me la juego y me acerco a lo que antes llamábamos la «Catedral de la gastronomía» (referencia que cabría revisar). Una mezcla de asombro, sorpresa y pena me asaltan al descubrir que casi la mitad de los puestos de pescadería están cerrados. Definitivamente. Así me lo asegura quien me vendió el bonito: «la gente se jubila y nadie recoge el relevo para vender pescado».

Julio de 2019, Mercado de Nuestra Señora de África, Santa Cruz de Tenerife. La sección de pescadería se ha reconvertido y la oferta comercial se ha adaptado a los nuevos gustos del consumidor. No han descubierto la pólvora. Algo tan sencillo como poner una plancha y un extractor de humo para poder ofrecer elaborado el producto que venden: gambas, cigalas, navajas, ostras, pulpo, percebes, almejas... El mercado esta lleno de turistas que consumen, igual que en Valencia, con la importante diferencia de que los de aquí no se gastan ni un euro. ¿Cuál es el motivo de que el mercado de Valencia tienda a desaparecer y el de Santa Cruz no? La autogestión a través de una cooperativa de servicios que les permite a los propietarios de los puestos decidir la marcha del mercado.

La revolución tecnológica ha supuesto un cambio radical de nuestras costumbres. Nuestros hábitos han girado radicalmente, tanto es así, que ha supuesto el cambio de modelo de negocio en muchos sectores. Consumo de televisión, radio, música, comprar un billete de avión, pedir un taxi o comida a domicilio, nada es lo mismo.

La oferta existente, los canales de distribución y las grandes superficies son motivos suficientemente importantes para reubicar la posición en el modelo de negocio de la alimentación. Está comprobado que la gestión de la administración pública ante esta competitividad, no esta preparada para adaptarse a los nuevos tiempos. Nuestros mercados dependen del Ayuntamiento de Valencia y algo tendrán que decir también los vendedores cuando por ley están atados de pies y manos para generar nuevas iniciativas. Muchos mercados españoles han cerrado y aunque no creo que ocurra con el Central de Valencia, no sería bonito verlo con puestos de imanes, figuritas de toros y sevillanas o camisetas de 'Yo estuve en Valencia'. Si Bonica Fest, donde los mercados ofrecen una noche gastronómica y cultural supone un éxito rotundo, ¿alguien puede analizar que tal vez la idea sea una posibilidad de futuro? Nadie dice tampoco que debiera convertirse irremediablemente en un mercado de San Miguel, pero ver nuestro mercado enfermo me da mucha pena y mucho que pensar.