MERCADEAR CADÁVERES

RAMÓN PALOMAR

Lo bueno de los cadáveres es que nunca pueden defenderse cuando enarbolan sus huesos a modo de estandarte salvador. Lo bueno de esos mismos cadáveres es que, pese a su desaparición digamos corporal, siguen entre nosotros porque se incrustaron en nuestros recuerdos, de ahí que, en algunos casos, se les explote con fines comerciales o políticos, que ya puestos viene a ser lo mismo hoy pues hace tiempo que la política abrazó el espectáculo, sobre todo por el lado de la artimaña.

Las discográficas y las editoriales, antes de que la Red masacrase el primer negocio e hiriese seriamente al segundo, supieron ejercer con notable habilidad en la prospección y promoción de excelsos fiambres capaces de reportar jugosos beneficios. Obsérvese el curioso milagro de Presley o Sinatra. Años tras su fallecimiento y siguen dispersando como cenizas grabaciones inéditas cuando se acerca la fecha clave de sus palmadas. Lo mismo sucede con escritores de renombre: que si han encontrado un texto de cuando el titán cumplió quince años, que si han aparecido algunos fragmentos póstumos, que si otro escritor recibe el encargo de continuar la saga con el protagonista que el muerto creó... Mercachiflerías destinadas a nutrir las cajas registradoras que emiten tañidos fúnebres en vez de metálicos. En estos ejemplos prima la tomadura de pelo pues las grabaciones inéditas eran meros deshechos y los textos regurgitados desde el averno descartes del autor. Pero no importa, los muertos no se quejan. El ruido que armaron con la momia de Franco fue tan feroz que regresa la amnesia colectiva. ¿Franco, quién es ese? La última moda consiste en vindicar el legado de Rita Barberá por parte del nuevo PP. Un poco tarde, tememos, recurrir a la cadaverina para resucitar el aliento de los vivos que se acogieron al silencio del cementerio.

 

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