MEMORIA Y NEGOCIO

MIQUEL NADAL

El primer parón de la competición por los partidos de la selección es la segunda oportunidad que te concede la vida todos los años para dejar el fútbol tras un cierre del mercado de fichajes que se ha convertido en una cosecha masiva de argumentos para considerar que esto de ahora, el límite salarial, el fair play financiero, las compras y cesiones, los descansos de los partidos convertidos en una feria, no es aquello con lo que uno se aficionó, un gol de Ansola con la nariz, las medias caídas de Óscar Rubén Valdez, los cromos de Claramunt I y Claramunt II. La memoria y el negocio no son mundos incompatibles. La memoria lírica sin otra perspectiva que la erudición condena a la parálisis. Pero el negocio especulativo, ajeno a otro objetivo que no sea el puro beneficio se agota en la cuenta de resultados, un documento con difícil capacidad para edificar ensoñaciones. El cromo y la auditoría, la lírica y la sanidad financiera, no son universos que no puedan mantener una colaboración inteligente, y hubieran debido ser el material con el que edificar esa nueva era, el mismo sentimiento: el lema con el que el Valencia ha acompañado algunas de sus iniciativas comerciales. Desde ese punto de vista, el análisis del tratamiento de la memoria de la etapa contemporánea del Valencia, revela algunas anomalías que desmienten conclusiones precipitadas. El Valencia tradicional, el que se gestionaba de las Grandes Vías hacia dentro, fue un club tradicionalmente ágrafo, y poco sensible con la memoria de jugadores y dirigentes. Poco podemos reprochar al Valencia de ahora en ese sentido. La cantidad de actos e iniciativas de recuperación de la memoria por parte de los actuales dirigentes, y supongo que de la propiedad, el Fòrum Algirós, los libros, el partido de leyendas, la recuperación de jugadores, es algo inédito, de indispensable elogio. El Valencia de siempre hizo bien poco en ese sentido. Por eso es difícil de comprender cómo la consecución del título de Copa pasó como si tal cosa para la propiedad, como una gesta menor, un momento en el que quizá no se quiso captar qué significa el Valencia en nuestra sociedad. Un planteamiento equilibrado entre memoria y negocio hubiera tenido que acabar en felicidad, y no en el anuncio de conflictos innecesarios. Por eso, el mercado de fichajes y las tensiones en torno a la planificación deportiva se revelan como ese momento en el que la entidad aparece desvalida de memoria, y se asemeja a un club profesional como otro, una estación intermodal de tránsito de jugadores y de especulación. La versión deportiva de para qué le llaman amor si quieren decir sexo. Sin el diálogo inteligente entre la memoria y el negocio, el fútbol acabará en forma de Liga de representantes, una versión real de un juego digital de gestión, pero sudando a las cinco, con aficionados, periodistas y columnistas de comparsas.

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