Mediocridad

No se ve ambición por la ciudad en las campañas de los partidos; y por Valencia hay que perder incluso el sentido común

F. P. PUCHE

Dejando aparte el amargo aforismo que decía que «el sentido común suele ser el menos común de los sentidos» veo, en esta campaña electoral municipal, que los partidos en liza, sin saberlo, se están dejando apoderar por el sentimiento de aquel buen alcalde que anunció que iba a ser deliberadamente gris porque en modo alguno pretendía rivalizar con la gran obra realizada por su predecesor.

Era como asumir que la Historia había llegado a su final; como asimilar que ya nada podría haber mejor en el futuro. En eso veo, cada día con más claridad, que aunque nadie la mencione, el largo mandato de Rita Barberá sigue pesando como una losa. No solo sobre su partido, que no podría asumir ese esfuerzo, sino sobre los seis partidos, abrumados no ya por el «cambiazo» espectacular que dio Valencia, sino por la mera idea de gestionar todo aquello.

La campaña del PSOE, su video, se parece en todo a un documental turístico concebido para Fitur. El alcalde arrancó su campaña, solo y sin Grezzi en ese Parque Central heredado, con la modestia de un administrador sin pretensiones. Y María José Catalá -en ese Colegio del Arte Mayor de la Seda que salvó una fundación privada- inició la suya hablando de «sentido común», de «trellat»; de la moderación de quien busca el centro perdido. O mejor la equidistancia.

Pero ¿dónde está la ambición? ¿Quién ambiciona para Valencia algo nuevo y sugestivo? ¿Se puede no sentir pasión irrefrenable por esta ciudad? ¿Quién se atreverá, bendito sea, a declararse dispuesto a perder el sentido común por su querida Valencia?

Desde Arena a San Nicolás, desde el Colegio de la Seda a Bombas Gens, la «Valencia nueva» es obra de fundaciones privadas, como lo será, seguramente, lo que podamos ver en los próximos cuatro años. Así las cosas, la campaña electoral ha arrancado pequeñita y humilde, como si la tercera capital de España se conformase con agua potable y mercadillo semanal. Nadie se plantea alicientes capaces de ilusionar al electorado; ni se mencionan sueños pendientes, como la conexión de la ciudad con el mar, el Metro o las soluciones ferroviarias olvidadas. No veo ilusión ni para el Cabañal.

Añoro, pues, la vieja ambición perdida. Y temo que la izquierda, y la proyección de asuntos judiciales, haya hecho calar --en un proceso de inmersión idéntico al que tanto tememos en la educación-- que «aquellos años» están en el catálogo de lo nefando. Con un resultado perverso, extendido por toda la clase política: no es que la Copa América o la Fórmula I se desarrollaran con error, no es que incluso pudiera haber corrupción en su seno, sino que Valencia pecó, durante aquellos años, de aspirar a lo que no debía.

Así, si no hay ambición en los partidos, me temo que es porque asumen que Valencia no merecía, no debía (y no debe) tener ambiciones. Hagamos, pues, lo que se lleva: la mediocridad del mercado de verduras en la plaza mayor.