DOS MEDIDAS

Todo fenómeno criminal se amolda al tiempo y a las circunstancias en las que se inserta. La violencia contra la mujer, en sus diferentes posibilidades, no es una excepción. La tarea de las ciencias sociales es comprender las causas que están detrás de la violencia, en sus diferentes manifestaciones. Necesitamos algo más que eslóganes del tipo «acabar con la lacra» o discutir si aplicamos el concepto de «machista» a otras formas de agresión a la mujer como la sexual, como si eso fuera a resolver el problema. Pero una cosa ha de quedar clara: las relaciones íntimas se construyen a espaldas del ojo público: la tarea es ingente. ¿Cómo impedir que una mujer se enamore de alguien que pueda matarla?

Los hombres que violan a las mujeres y los que las matan por razones afectivas no son los mismos, del mismo modo que el sicario no es el mismo asesino que el terrorista. Si buscamos ser efectivos a corto y medio plazo solo hay dos caminos. Primero, invertir mucho dinero creando multitud de recursos que acojan a todo tipo de mujeres que se sientan amenazadas, sin necesidad de denunciar. Esto se ha escrito desde hace décadas, y parece ser que ahora se ha llegado a comprender que es importante. De esta forma ese 70 u 80% que no denuncia y que está fuera del radar de las administraciones se reducirá de manera importante, aunque no del todo, porque seguirá habiendo mujeres que no querrán hacerlo por diversas razones. Estos recursos de orientación deberán disponer de especialistas que elaboren planes de seguridad que minimicen ese riesgo.

La segunda medida es ofrecer una protección más eficaz a las que sí denuncian. Este objetivo implica disponer de profesionales que puedan monitorizar el comportamiento de los que tienen órdenes de alejamiento, y no sólo de las mujeres. Lo he dicho muchas veces: cualquier país moderno cuenta con oficiales de libertad vigilada y de medidas anteriores al juicio que se preocupan por contactar con la víctima periódicamente y comprobar si se han producido cambios en los niveles de riesgo y de asesorar convenientemente.

Nuestra sociedad crea frustración en muchas personas; una parte emplea la violencia para afrontarla o para satisfacer sus necesidades. No dejará de haber delincuentes violentos porque protestemos airadamente; es necesario utilizar el conocimiento del que ya disponemos. A los agresores les da igual la indignación social. Para reducir un tipo de delito hay que ver qué factores están detrás. No hay una única fórmula mágica. Imaginen que alguien afirma que «hay que acabar con el cáncer». Lo primero que diríamos sería: «¿Cuál?». Y eso que, hoy por hoy, es más plausible acabar con el cáncer que con la violencia, porque no olvidemos que el ser humano es libre de deshonrar su paso por el mundo.