'El matalafer'

Nos gusta «fer i desfer», pecado de ciudades ricas: las naves del parque Central se rehabilitaron sin saber qué serían al final

F. P. PUCHE

Entre los cientos de naves que pueblan el Parque Central -algunas debidas a la mano insigne de Demetrio Ribes, pero otras recién inventadas- hay cuatro, al menos, de las que ya se sabe su uso futuro. Dentro de esa línea actual que consagra casi tanto presupuesto al deporte como al carril bici, una de esas naves de ladrillo va a ser destinada a polideportivo. Otra albergará una sede de la Universidad Popular del barrio. Una tercera -palabra de Dios; te alabamos, señor- se consagrará a actividades juveniles. Y la cuarta va a ser destinada a teatro. Porque el Excelentísimo, que no ha escarmentado con los disgustos del Musical, quiere tener otro teatro y este va a hacer que sea distinto, con tres graderíos retráctiles, un invento de lo más especial.

El parque se inauguró en diciembre pero ninguna de esas cuatro actividades está en marcha. Pero mientras los árboles crecen sin prisa, el consistorio está dispuesto a invertir varios cientos de miles de euros en una transformación en teatro de gradas móviles que va a requerir tres meses de obras... Muy pronto, siguiendo la costumbre, se emprenderán levantando suelos y paredes, volviendo a empezar.

¿Por qué los edificios del Parque Central no se han rehabilitado o construido sabiendo la finalidad a la que estaban destinados? ¿Por qué se hacen estimables proyectos de salvación de patrimonio y luego es preciso recomenzar la obra y el gasto cuando al fin sabemos a qué queremos destinar el edificio en cuestión?

Ya nos pasó, hace décadas, con las Atarazanas, que fueron rescatadas y salvadas sin tomar una decisión definitiva sobre su uso. Luego, cuando se habló de ubicar allí el Museo Marítimo, resultó que no había ni enchufes eléctricos ni lavabos: se había rehabilitado un cascarón, un techo sin destino final. Que es un caso idéntico al de Sant Vicent de la Roqueta, un monasterio salvado de la ruina pero en la actualidad una extensión vacía, tan inútil, tan en proceso de desgaste, tan a la espera de estudio arqueológico, como tantas alquerías o palacetes que son tratados de forma genérica pero nunca siguiendo los planos del proyecto de uso final.

«Fer i desfer, faena de matalafer»... Es el viejo, antiquísimo pecado valenciano. El pecado del Ágora, donde ha habido que invertir un dineral para dejarlo todo a punto... antes de entregársela a la Fundación la Caixa, que es de temer que entrará con arquitectos nuevos, levantando pavimentos y paredes, para meter dentro su específica genialidad.

Valencia tiene pecados de rico: construimos, transformamos o rehabilitamos edificios sin saber a ciencia cierta para qué los vamos a usar. Pasó con Las Naves y pasa ahora con los edificios de la plaza del Collado, que tampoco tienen destino asignado, un proyecto definido que responda a un acuerdo de la corporación municipal.

Y ya que hablamos del uso que estamos dando a antiguas naves ferroviarias, ¿se sabe algo del olvidado Museo del Ferrocarril de Valencia?