Mascotas

Tres historias veraces indican que la gente no sabe qué hacer con los animales que se mueren en la ciudad

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

La vio escarbando en un macetón público, en un lugar de gran concurrencia, y le dio mucha rabia que hubiera personas que se dedicaran a llevarse las plantas que la contrata municipal coloca con mimo una y otra vez para suplir los estragos del vandalismo. Así es que le habló de manera muy clara: «Oiga, señora, que las plantas son de todos... ¡Si usted las roba, nos cuesta mucho dinero!». La dama, sorprendida y reprendida en sus maniobras, se quedó paralizada y rompió a llorar. Entre sollozos y pucheros, se la oyó decir: «¡No robo plantas, por Dios! Solo estoy intentando enterrar al periquito... que se me ha muerto. Y no sé dónde hacerlo. El macetero... me ha parecido un lugar bonito... entre flores». Un minuto después, los dos, emocionados, dieron sepultura al ave, de bonitas plumas verdes y azules.

Salió de casa y miró a un lado y a otro, con la cautela de una espía de la Guerra Fría. El peso que llevaba en la bolsa de El Corte Inglés era mucho menor que el que le oprimía en la boca del estómago, una mezcla ácida de culpa y remordimiento, de pena y clandestinidad. Porque después de muchos años de cariñosa compañía se le había muerto el gato, su muy preciada mascota, no sabía qué hacer con él, y envuelta en un halo de tristeza y confusión tomó la decisión de dar fin a una etapa dichosa de su vida dejando el cadáver del animalito en el contenedor de basuras más cercano. Descartó cartón, vidrio y plástico por razones obvias, y mientras cruzaba el paso de cebra, aturrullada, le vino a la mente el último servicio municipal, dedicado a la materia orgánica. Dudaba: ¿Será un buen sitio o sería mejor el de basura general? Nunca se había cerciorado, hasta ese momento, de lo lejos que estaba su casa de los contenedores. Y de lo mucho que pesaba su gato. Pero llegó al fin al destino, levantó la tapa, y en el preciso instante en que su brazo derecho empezaba a dar impulso a la bolsa, una motocicleta que circulaba por la acera a gran velocidad se acercó y el conductor le arrebató la bolsa comercial con todo su contenido. Era un «tirón» clásico, un robo hecho con limpieza profesional. Un hombre que pasaba y vio lo ocurrido gritó «¡Ladrones! Soltó también un taco que rimaba en consonante e hizo además de seguirles. Pero ella le dio las gracias y murmuró: «Déjelo. No vale la pena».

Estas dos historietas son absolutamente veraces. Me las han contado personas de confianza acreditada y han sucedido en Valencia hace poco tiempo. La tercera, de mi propia cosecha, estaría protagonizada por el hedor de una paloma difunta que un empleado de la contrata tuvo la misericordia de dejar, hace tres días, en ese contenedor marrón que, visto lo olido, nadie vacía. De modo que creo que puedo cerrar con un mensaje dirigido al Ayuntamiento: «Houston, tenemos otro problema».