MÁS Y MÁS Y MÁS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los que nos atiborramos durante la adolescencia de celuloide puro a base de Ford, Hawks, Walsh, Peckimpah y algún que otro maestro de antaño sufrimos una extraña enfermedad, silenciosa pero afilada de melancolía, que nos obliga a simpatizar con el ídolo caído, con el perdedor, aunque este sea una persona que no sincronice con nuestras inquietudes. No lo podemos evitar. Ciertos largometrajes nos inyectaron el virus del sentimentalismo reconcentrado, que es lo contrario, añado, aprovecho la ocasión, de la cursilería sentimentaloide. Los hombros cargados de Pablo Iglesias rezuman estos días la infinita tristeza de ese zapato desparejado junto a un contenedor o de ese tuerto callejero que pulsa las teclas de su acordeón en la puerta de unos grandes almacenes cuando el zafarrancho navideño. Errejón, según escribió el propio Pablo cuando los buenos tiempos de revolucionaria aurora bermellona, despertaba tanta ternura allá en la facultad mientras masticaba un sucedaneo de croissant o algo así, solito y ensimismado en sus cábalas rojas, que resultaba imposible no sentir deseos de adoptarlo. Pero luego, una vez adoptados, mimados y arrullados, los chavales crecen, vuelan y nos acuchillan sin piedad porque quieren el cacho, la vara de mando, en definitiva el trono. Me fatiga la irrupción de Errejón por su atroz verborrea. Uf, qué pereza escuchar los latigazos de un tipo que jamás conoció, como tantos otros de su gremio, los rigores de la vida real. Por otro lado, ¿no venían estos tipos a un ocupar una parte del relato del escenario de los actores, por emplear su jerga, sólo un ratito? Regeneraban el cotarro y luego desaparecían, según vendieron a la buena gente. Pues no, estos llegaron para quedarse pero mintieron como bellacos. Más País. Más y más. Errejón, precios de arribismo oportunista maxiplus.