El mes de María

Me repele que a las mujeres se nos pregunte si somos feministas. Somos mujeres. Somos iguales. Somos libres

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Nunca me han convencido los eslóganes que centraban su interés en un mes. El mes de las flores, el mes del amor o el mes de las fiestas patronales. Incluso hubo un tiempo en que nos enseñaban que mayo era el mes de la Virgen. Lo celebraba en el colegio, sin duda, pero cada año me preguntaba si para los creyentes no era adecuado cualquier mes para dedicárselo a su Madre. Ahora, marzo se ha convertido en el mes de la mujer. No tengo nada en contra y lo celebraré oportunamente, pero esa extrapolación a todo el mes de lo que significa el día 8 me parece demasiado artificial. Entiendo que cualquier ocasión es propicia para reivindicar y visibilizar a una parte de la humanidad que, a menudo, está olvidada. De hecho, el año entero es óptimo para recordar que las mujeres no somos menos ni más por nuestra diferencia sexual con los hombres y que parece inaudito que a estas alturas tengamos que recordar que valemos lo mismo, hacemos lo mismo y tenemos las mismas capacidades. Me sonrojo solo al escribirlo. Es como tener que advertir a la sociedad de que las mujeres a los 20 y a los 50 somos igual de interesantes, inteligentes y fuertes, incluso puede que más con los años. Cualquier otra duda nace de la reducción de la mujer a un cuerpo más o menos atractivo que, en efecto, con los años se deteriora en algún aspecto y mejora en otros.

Sin embargo, me preocupa que extremar las acciones a favor de la reivindicación necesaria, urgente y aún -desgraciadamente- imprescindible, pueda generar un caldo de cultivo que dé lugar a aberraciones como el autobús contra las 'feminazis'. Lo veo, con ese póster de Hitler pintado como una puta barata, y me indigno aun cuando no comulgue con algunas de las posiciones de esas llamadas nazis. Es un insulto a todas las que, con más vehemencia o moderación, exigimos que ser mujer no sea más que un dato irrelevante en un curriculum, en una oposición o en la contratación laboral y su correspondiente emolumento.

Decía hace unos días Tita Cervera que ella no era feminista sino femenina. Y ayer Inés Arrimadas, que el feminismo no es hablar de 'portavozas' sino cambiar las políticas. Yo he escuchado que me llamaran tibia y al mismo tiempo feminazi. O sea, que debo de estar en el punto justo que no deja de ser un error estratégico pero una posición inevitable cuando se observan iracundias por doquier. Me repele que a las mujeres se nos pregunte si somos feministas. Somos mujeres. Somos iguales. Somos libres. Tenemos derecho a ser tratadas con los mismos criterios, baremos y exigencias que un hombre en el plano laboral, político y social. Si recordar eso es ser feminista, seámoslo incluso aunque nos llamen feminazis. Poner en cuestión todo lo avanzado por los tonos histriónicos de algunos y algunas es un intento de instrumentalizar el extremismo para frenar el avance, ya imparable, de las mujeres que no nos conformamos con celebrar el mes de María.