Marear al algoritmo

Es hora de asumir que lo que decimos en las redes sociales es público y en el resto de Internet, también

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Desde ayer, los partidos políticos podrán rastrear las redes sociales para averiguar si somos un público de interés electoral. Después de pasarnos semanas leyendo y autorizando decenas de permisos para que las empresas, los centros médicos o los revisores de la caldera de la calefacción puedan tener nuestros datos con nuestro consentimiento, ahora llegan los partidos y se arrogan la capacidad de saltarse la norma. Lo hacen porque así lo aprobaron los interesados en el Senado en lo que no deja de tener un cierto aire de incompatibilidad. Los propios beneficiarios de la ley la reforman a su medida y para su interés, no para el interés general. Es como si legislaran sobre la luz las compañías eléctricas.

Es cierto que los datos que hacemos públicos son públicos y alegar que solo lo ven nuestros amigos en Facebook o que tenemos la cuenta privada en Twitter, conociendo cómo funciona Internet, es un tanto ingenuo. Es hora de asumir que lo que decimos en las redes sociales es público y en el resto de Internet, también. Al menos, para la NSA, la agencia norteamericana implicada en el escándalo de escuchas a dirigentes internacionales, a ciudadanos norteamericanos y seguramente a todos menos a Putin. Sin embargo, esa conciencia respecto a la falta de privacidad en la Red no impide que exijamos el máximo cuidado con nuestros datos personales, en especial, los más sensibles. Sobre todo tras unas obligaciones impuestas por Europa respecto a la delicadeza con la que hay que tratar cualquier información sobre otra persona. Sin ir más lejos, un profesor ya no puede colgar las notas en el tablón de clase. Es un dato personal que interesa a cada alumno, no al resto. Aquello de cotillear la nota de los compañeros se ha acabado con la nueva norma. Es una línea cada vez más acentuada de protección que busca acudir en ayuda de un ciudadano situado a la intemperie en la Sociedad de la Información.

En ese panorama tan restrictivo, en cambio, los partidos tienen bula y aunque la norma dice que no podrán usar los datos para hacer perfiles ideológicos, parece lógico pensar que los harán. ¿Para qué tenerlos si no?

Para evitarlo, colectivos en defensa de la libertad de información y de internautas sugieren que, individualmente, pidamos a los partidos que nos expliquen qué datos tienen y qué hacen con ellos, y así poder negarnos. Junto a eso, aconsejo además llevar a cabo la táctica «mareo» que suele funcionarme bien contra los algoritmos. Consiste en opinar hoy blanco, mañana, negro y pasado mañana, azul celeste, de modo que el algoritmo no sepa muy bien si soy devota de Marx, fan irredenta de Pío Moa o convencida de que España necesita a la democracia cristiana como el pan de cada día. Suelo hacerlo con búsquedas de libros, viajes o música en Internet y oigo resoplar al algoritmo sin saber muy bien si sugerirme para Navidad un crucero caribeño o senderismo en la serranía de Cuenca.

 

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