POR FIN, RITA

Manu Ríos
MANU RÍOS

Todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar». La frase musicada por Serrat y que anida en la memoria colectiva, encierra en esencia la gran verdad de la vida: que estamos para un día no estar. De nada valdrán los dolores y sinsabores que guardemos en el alma. Algo que conoció de sobra Rita Barberá.

El próximo viernes se cumplirá el segundo aniversario de su muerte repentina en la soledad de una habitación de hotel. La considerada como la alcaldesa de España partió de este mundo en medio de una cruel campaña de descrédito y derribo contra su persona y su dignidad, que muy pocos podrían soportar. Forma parte del recuerdo desde hace dos años y ahora se atisba el reconocimiento que no tuvo en su final, al menos, por parte de la clase política. Por lo que parece, instituciones y partidos han despertado de un letargo amnésico y ya reclaman, aunque con la boca pequeña, respeto por ella. Sintomático y sorprendente que lo pidan hoy, los mismos que la traicionaron y la abandonaron a su suerte cuando más apoyo necesitaba.

Tanto en el parlamento como en el ayuntamiento se han oído palabras de respaldo a su figura. En el hemiciclo municipal, PP, Ciudadanos, Valencia en Comú, PSOE y Compromís condenaban mediante declaración institucional el uso vergonzoso y vejatorio de su imagen para anunciar un concierto con «la más absurda e indecente cosificación de un ser humano que, en el caso de Rita Barberá, desgraciadamente, ya no puede defenderse de ataques deplorables contra su honor».

Sin embargo, un texto parecido a propuesta de los populares en Les Corts no salía adelante en primera instancia ante la negativa de Compromís y Podemos a reconocerla públicamente, limitándose a condenar los hechos. Una decisión que antepone la rivalidad política y la ideología al respeto institucional, hacia quien fue diputada, senadora y alcaldesa de Valencia durante 24 años. Se quiera o no, Rita Barberá ganó cinco elecciones por mayoría absoluta.

Alcanzó la victoria con su programa político y su personalidad arrolladora, rotunda, próxima, excesiva y espontánea. Se ganó el afecto de todo un pueblo y eso parece que sigue escociendo a muchos. Como si todavía viviera. Y la temieran.

Rita trasformó Valencia. Y poco o nada importaba la lista que encabezaba. Ella era la marca. Y arrasó. Para bien y para mal. Se la quería con la misma intensidad con que se la odiaba. Sus excesos en las puestas escénicas o la visibilidad de sus debilidades más íntimas, la convirtieron a ojos de muchos en una caricatura de sí misma. Su brillante carrera podría haber tenido un broche final más acorde con su talla política. Le sobró una legislatura. O dos. Pero eso no debe empañar toda una vida. Aquello de que la muerte nos iguala a todos no es cierto. La muerte pone a cada uno en su sitio, que no es lo mismo. A pesar de las buenas palabras de hoy, Rita sigue sin tener todavía el sitio que merecía.

 

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