Las maneras de querer bien y mal

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Ya son ganas de discutirle a aquella copla que decía que las cosas del querer no tienen fin ni principio, ni tienen cómo ni por qué. Pero hay quien se empeña en repartir lecciones de querencias, como si de eso hubiese manuales o másteres que sirviesen. O como si se llegara alguna vez a aprender lo suficiente al respecto. Porque querer nunca se quiere igual, depende de las circunstancias en que te encuentres o de las que te rodean. Pero no he venido yo aquí a abrir ningún consultorio.

Es complicado gestionar lo que queremos cada uno, a quién queremos y el modo de conseguir que nos quieran, como para preocuparnos por la manera en que lo hacen o dejan de hacerlo los demás. Es tener mucho tiempo libre, supongo. O no tener a quien querer. Que es más triste.

Si me preguntan a mí diría que se puede querer de mil modos y que es posible que una misma persona lo haga de distintas formas a lo largo de su vida. O lo largo del día, si me apuras. Porque depende de quién se sitúe enfrente, de las fuerzas con que le pille, de la mochila que cargue a sus espaldas, incluso del tiempo que disponga. Porque a veces se le ha de dedicar horas al asunto. Al final lo importante es que ambas partes se encuentren satisfechas. O que busquen el camino para llegar a destinos idénticos, por su cuenta o con ayuda externa, con un terapeuta o con un mediador, que tal vez dispongan de las mejores claves para que la pareja funcione. Llámalo mediador, llámalo relator. Que hoy en día todo cambia con mucha rapidez de nombre.

Conviene, considero yo, no entrar en competiciones en la materia. Los excesos en esta área no aseguran nada. Más no es mejor. No sirve de termómetro hacer recuento de afectos para sacar conclusiones. Uno puede portar siempre consigo la fotografía de su amante y echársela a la boca continuamente para darle besos, y no dejar de exclamar a los cuatro vientos cuánto le ama, y tatuarse su nombre, y ondear por las calles su imagen agarrada a un mástil, que si luego por detrás le engaña, se aprovecha de ella, la roba o la menosprecia no sirve de nada. Porque los vivas se los lleva el viento y las acciones reales terminan dejando sus posos. No son pocos a los que en su momento les vimos realizar declaraciones exultantes y han terminado en los juzgados y cárceles porque su amor era corrupto.

Me extrañan las manifestaciones (en todas las acepciones de la palabra) que se montan para protestar por las formas de querer ajenas. O para gritar quién quiere bien y quién quiere mal. Repartiendo adjetivos según entran por su prisma o no. Porque se puede adorar a una persona y ser crítico con ella a la vez, o no sentir la necesidad de pregonarlo en cualquier costado, o no estar de acuerdo ni estar identificado con todo lo que hace. Y quien dice a una persona, dice a un país. Hay comportamientos que se pueden extrapolar.