EL MALESTAR DE LA LUNA

Las relaciones de la Tierra con su único satélite natural son buenas, aunque a veces surgen encontronazos a causa de los tópicos

RAFA MARÍ

En julio de 1969. En Cabo Cañaveral (Florida, USA), el Apolo 11 despegó el 16 de julio de 1969 rumbo a la Luna. Ocho años de preparación, 114.000 millones de dólares invertidos en un cohete (preciosa escultura totémica) que quemaba 13 toneladas de combustible por segundo. Tres astronautas (Armstrong, Aldrin y Collins). Cuatro días después, el Apolo 11 alunizaba a 380.000 kilómetros de la Tierra. El 21 de julio, Armstrong y Aldrin pisaron la Luna. Se cumple medio siglo de una historia que se ha contado con detalle estos días en todos los medios.

'La hora'. Las relaciones de la Tierra con su único satélite natural son buenas, aunque a veces surgen encontronazos a causa del abuso de los tópicos. Años 60, fiestas de Sant Roc en Les Palmeretes (playa de Sueca). A cinco amigos se nos ocurrió cantar en grupo 'La hora', popularizada por Manolo Escobar. Ensayamos durante varios días, con entusiasmo adolescente. Llegó el día y subimos al escenario. En mitad de la canción empezaron a abuchearnos (con divertida rechifla, todo el mundo nos conocía).

Moral baja. En nuestra segunda intervención tarareamos, ya con la moral algo baja, la canción infantil 'Luna, lunera, cascabelera'. Los abucheos arreciaron. «A casa estarieu millor, xiquets», nos decían a gritos. Asumimos de golpe que no habíamos nacido para el music hall. Esas lecciones conviene aprenderlas pronto, así se pierde menos tiempo. Ninguno de nosotros volvió a subir a un escenario para cantar. Uno de los componentes del grupo es agricultor, otro comerciante, yo soy periodista...

Erudito. Más tarde, el erudito de Les Palmeretes, don Carlos, nos explicó el trasfondo de los abucheos. «No era solo que desafinabáis, es que elegistéis mal las canciones. 'La hora' dice: 'Silencio de noche en la plaza, la Luna a la arena miró'. La luna mirando a la arena de la plaza no tiene sentido, es surrealismo de tercera categoría».

El Sol. «Para rematarlo todo, en vuestra segunda canción -siguió aclarándonos don Carlos- estaba eso de 'Luna, lunera, cascabelera, debajo de la cama tienes la cena, Luna, lunera, cascabelera, cinco pollitos y una ternera...'. Reconocedlo, ¿no lo encontráis ridículo? ¿Por qué metemos a la Luna en esos fregados? Al Sol se le respeta más porque es más poderoso. El astro rey se enfadaría mucho si a alguno de nosotros se le ocurriese una cancioncilla que dijese 'Sol, solecito, eres muy bonito, tres perritos y un gatito'. Hagamos lo posible por evitarlo».

Los poetas. Los grandes poetas tampoco ayudan a rebajar ese pequeño (aunque creciente) malestar de la Luna con la Tierra. Versos de Lorca en el 'Romancero Gitano': 'Huye luna, luna, luna./ Si vinieran los gitanos,/ harían con tu corazón/ collares y anillos blancos.' De Gabriel Celaya, en 'Marea de silencio': «La Luna es un grito muerto en los ojos delirantes». ¡Un grito muerto! La Luna paga otra vez el pato de los desafueros humanos.

Melones. Para rematarlo todo, tenemos la leyenda del hombre lobo. Los rayos lunares pueden convertirnos en bestias. Cierta vez le comenté a Amadeu Fabregat (ex director de Canal 9 y gran escritor que apenas escribe) mi escepticismo respecto a la influencia de la Luna llena en nuestras reacciones. «Pues no seas escéptico», me respondió. «Si la Luna influye en las mareas y en el crecimiento de los melones, ¿cómo no va a influir en nuestros cerebros?».

Pesadilla. El hombre lobo es una de las criaturas de pesadilla más famosas del cine fantástico. Hay buenas películas en torno a ese mito. 'La maldición del hombre lobo' (Terence Fisher, 1961) es la mejor. Casi nadie recuerda 'Lobo' (Mike Nichols, 1994), pese a ser una brillante revisitación del tema. 'Un hombre lobo americano en Londres' (John Landis, 1981) está muy bien. Los clásicos de la Universal resultan ahora arcaicos y ya no asustan a nadie, pero siguen teniendo su encanto naïf.

Lunáticas'. Llamamos 'lunáticas' a las personas con locura temporal. Es otra ofensa. Entiendo el malestar de la Luna con las impertinencias de la Tierra. Hay enfados menores que crecen y desembocan en unas nuevas elecciones. O teniendo que enviar al espacio otro Apolo, esta vez en una delicada misión de paz.