La maldición del inclasificable

Pobre Blasco Ibáñez, si hubiera escrito en valenciano tal vez ahora el poder político le haría más caso en su ciudad

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

En el fondo, a Blasco Ibáñez se le aprecia poco porque, en primer lugar, se le conoce poco o nada (habría que leer su obra, lo cual supone un ejercicio intelectual que no está al alcance de cualquiera, mucho menos en los tiempos de redes sociales de muchas fotos, vídeos y mensajes cortos, nada de textos largos) pero sobre todo porque Blasco no era de nadie, o mejor dicho, Blasco -como es bien sabido- era blasquista, de sí mismo, no se adscribía a ninguna de las corrientes de pensamiento o de los partidos, sindicatos, movimientos y asociaciones de todo tipo que en el tránsito del XIX al XX y en el arranque del siglo peleaban por encontrar el favor de la ciudadanía. Volaba por libre. Y eso, el poder establecido no lo perdona. Los versos sueltos, los inclasificables, son incómodos, no se sabe con quién están, a qué órdenes obedecen, qué postura van a tomar, de qué lado se pondrán mañana, y eso genera inquietud, desasosiego, malhumor incluso.

La historia de Blasco Ibáñez es la de un escritor de éxito, un autor adorado por las masas que también triunfó en el periodismo y en la política. Su trayectoria y el final de su vida no tiene nada que ver con la de otros famosos inclasificables, como Chaves Nogales, si miramos hacia un lado, o Dionisio Ridruejo, si lo hacemos hacia el otro, cuyo final es triste y apagado, olvidados por todos, tildados de traidores por los que un día fueron sus amigos y despreciados como enemigos por aquellos que siempre los consideraron como rivales. Otros dos malditos en la lista. Pero el caso es que tras la guerra civil, cayó en el olvido porque como era de esperar a la dictadura no le hacía tilín un escritor republicano, federalista, provocador y anticlerical.

La recuperación popular llegó de la mano de aquellas míticas series de televisión -'Cañas y barro' y 'La barraca'- que hicieron reverdecer el interés por su vida y su obra. Fue flor de un día. En su artículo del pasado jueves -'Treinta y ocho' se titulaba-, el exdirector de este periódico y cronista de la ciudad, Pérez Puche, aportaba el dato de la media diaria de visitantes a la casa-museo de la Malvarrosa y que son esos treinta y ocho raquíticos (no ellos sino la cifra) ciudadanos. ¿Cómo es posible -añado yo- que los estudiantes del Bachillerato de humanidades de la Comunidad Valenciana no tengan como actividad escolar obligada la visita a un espacio donde el valenciano más universal de los dos últimos siglos escribió parte de su obra? ¿Será tal vez -me pregunto sabiendo de antemano la respuesta- porque era un inclasificable, un valenciano que no escribía en valenciano, un hombre que no pertenecía a ninguna de las siglas clásicas? Autores menores, ensayistas tan sectarios como prescindibles y poetas que en el mejor de los casos no pasan de meros coplistas son elevados a la categoría de hijos de la patria mientras el legado del valenciano más ilustre le resulta incómodo al poder político. Pobre Blasco Ibáñez.