LOS MADEREROS

Mª ÁNGELES ARAZO

En la actualidad, diversos pueblos han convertido el descenso de troncos por el río en espectáculo folklórico, pero durante dos siglos los cofrentinos se dedicaron a conducir madera a través del Cabriel y del Júcar, desde la serranía de Cuenca hasta Alcira. Tuve la fortuna de escuchar a Modesto Arocas, que desmenuzó el trabajo tan peligroso y duro con precisión y emocionado recuerdo.

«Nos explotaban, sí -comenzó-, pero apenas el cacique anunciaba que había tala, todos los hombres solicitaban ir; y las madres pedían que se llevaran a los niños, porque así tenían la comida segura».

Él fue con su hermano, y los dos lloraban cuando el guisandero marchaba a llevar el rancho a la compaña, que a veces quedaba lejos. Y también lloraban si sonaban los chiflidos que significaban accidente, porque pensaban que podía ser su padre. Muchos se herían, y más de uno se ahogó cayendo entre los maderos que las aguas empujaban, delante de los amigos, sin poder hacer nada por salvarles.

Modesto Arocas, con la mirada húmeda, me refirió la historia de Pelache, a quien arrastró la corriente por la cascada llamada Las Chorreras. Lo creyeron ahogado, pero se había refugiado en una oquedad que tapaba la cortina de agua. Tres días estuvo dando voces, gritando con fuerza, pero no lo oían por el fragor de la corriente y la madera que caía. Por fin, desesperado, se lanzó, y es cuando pudieron rescatarlo. En aquellos tres días, de tanto sufrir, se había convertido en un viejecito. Tenía todo el pelo blanco y sollozaba como un crío, medio desfallecido.

«Lo triste -añadió emocionado- es que el 'mudaero' traía la ropa sucia y manchada de sangre, y aunque jurase por la Virgen de la Soledad que la herida no tenía importancia, la mujer o la madre se desesperaban y hacían promesas: que si una novena, que si un hábito...»

Le afloraba el desprecio cuando bajaba la voz para añadir: «Los señoritingos, los dueños de la madera, acudían a ver las proezas de los pobres madereros cuando iban embarcados, navegando río abajo, exponiendo su vida, y les daban un puro».

 

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