En la luna

Las fake news se han instalado incluso en esa área tan difícil de rebatir como es la científica

M.ª José Pou AMÉRIGO
M.ª JOSÉ POU AMÉRIGO

Mi recuerdo de la llegada del hombre a la luna es inexistente y, sin embargo, feliz. Es compatible. De pequeña, me contaban mis padres que era una jornada inolvidable para ellos aunque yo no fuera capaz de recordarla. Fue el día que me dieron el alta en La Cigüeña después de casi un mes en la incubadora por haber nacido prematura. Así, mi aterrizaje en casa por primera vez coincidió con la de Neil Armstrong en la superficie lunar. Para mis progenitores, que habían sufrido desde que una comadrona le dijera a mi madre «no se encariñe con ella, que no va a vivir», tenerme sana y salva en casa era mayor proeza que la de los astronautas norteamericanos.

Desde entonces, la fecha era especialmente querida en la familia y no se recordaba por las imágenes en blanco y negro sino porque la voz de Jesús Hermida fue la banda sonora de una escena única. Un pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para mí.

Cuando ahora veo a los incrédulos, como la diputada del PSPV de Castellón, que niegan la verdad de aquello o los que defienden que la tierra es plana, no puedo dejar de mirarlos con estupefacción. Después de décadas de carrera espacial y cuando hemos podido realizar expediciones por el espacio mucho más complejas, no parece sensato seguir empeñados en negar los avances de la ciencia. Las fake news se han instalado incluso en esa área tan difícil de rebatir como es la científica, salvo desde la inconsciencia o la ignorancia.

Es curioso que hayamos vivido instalados, durante los últimos siglos, en un cientifismo exagerado y un positivismo extremo que nos hacía dudar de aquello que no podíamos tocar ni medir y, sin embargo, ahora, hayamos pasado al lado opuesto, aquel en el que la superchería tiene más credibilidad que la ciencia. Quizás la razón está en la falta de cultura científica que se une a la tendencia global a la duda. La cuestión es que esa duda no nace de la actitud científica de quien no afirma hasta hallar las evidencias que lo demuestran sino la duda de todo lo que uno mismo no haya vivido y experimentado. Y aún así.

La aparente duda acepta, sin embargo, las teorías de la conspiración que son más cuestionables que sus contrarias. La única verdad para esa actitud es dar por hecho que todo tiene un sentido oscuro y manipulador. A partir de ahí, dudar no es en sí científico sino prejuicioso: cualquier cosa puede ser incierta salvo la verdad incuestionable de la conspiración mundial.

Es sorprendente que haya quienes nieguen que la tierra sea redonda. Hacerlo significa considerar falaz toda la ciencia. Si podemos negar algo tan estudiado, demostrado y básico para tantas cosas, lo que estamos haciendo es negar a la ciencia la capacidad de describir y explicar el mundo. Ése es el problema. Hemos pasado del positivismo científico a un periodo anterior, incluso, a los primeros observadores del cielo y las estrellas. Aproximadamente, a los mitos ancestrales.