LUIS, ESE HOMBRE

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A veces, cuando me da un arranque de humor negro, les comento a mis compañeros que un día redactaré mi propio obituario, por si acaso, porque nunca se sabe, y, sobre todo, porque a ver quién va a escribir bien de mí si no es yo mismo. Pero una vez estás criando malvas, pasado cierto tiempo te aseguras aunque sea a título póstumo una hoja de servicios impoluta, sin mancha. Los años lo suavizan y dulcifican todo, agrandan las figuras, ennoblecen las trayectorias, dignifican toda una vida. Y tal vez deba de ser así, aunque en ocasiones se cometan excesos. El último -demasiado evidente, casi obsceno- es el de Luis Aragonés.

No lo conocí personalmente, no tuve oportunidad de cruzar con él ni media palabra, pero sé de buena fuente, de quienes sí lo trataron en profundidad, que no era Santa Teresita del Niño Jesús, aunque, eso sí, era un fuera de serie en lo suyo, entrenando. Siempre ocurre lo mismo, los perfiles excesivos, sin matices, la tendencia hispana a los extremos, el gusto por el blanco o el negro, la desafección hacia el terreno de los grises en el que, sin embargo, se encontrarían muchas explicaciones y no pocos puntos de consenso.

Los grandes hombres no son seres celestiales, son personas capaces de gestas excepcionales que no están al alcance del ciudadano de la calle pero que también cometen errores y tropiezan dos y hasta tres veces en la misma piedra. Aunque sea políticamente poco correcto citarlos, en los Evangelios hallaremos noticias de las múltiples ocasiones en que los mismísimos discípulos de Jesús le defraudaban, o no le entendían, o discutían y se peleaban por estar más cerca de él, la típica lucha de poder que cualquier agrupación de partido vive a diario en una pequeña capital de provincias.

Piensen en cualquiera de las principales figuras de la historia, recientes o remotas, Churchill o Alejandro Magno, en los grandes creadores, Leonardo o Picasso, en los mitos del deporte, Pelé o Muhammad Ali, ninguno es perfecto aunque todos dejaron huella de su genialidad, de su buen hacer y de su criterio en determinados momentos de su vida. El gol de Maradona contra Inglaterra no es peor gol porque el astro argentino acabara consumido por la cocaína, como los sonetos de Neruda no palidecen por sus excesos sexuales, otra cosa es que el uno y el otro, en realidad cualquiera, sea elevado a los altares como santos civiles que no eran, ejemplos infalibles para una ciudadanía ávida de referentes a los que agarrarse en tiempos líquidos de tarjetas black desgastadas en prostíbulos y tiendas de lencería.

No estropeen la memoria de Luis presentándolo como un hombre afable, un maestro equilibrado dotado de una capacidad innata para la dirección de equipos humanos. Nadie es así, perfecto e incorruptible. Luis, tampoco.

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