LONGEVIDAD

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Lo único bueno de las bodas extrañas a las cuales me invitaban antes de que optase por rechazar esas fiestas que me entristecían, es que casi siempre acababa conociendo a otra alma tan frikilondia y desconcertada como la mía. Supongo que las afinidades secretas ejercían una curiosa, imparable atracción que, vaya casualidad, estallaba en la zona del fragor de la barra libre.

No olvido cuando charlé largo y tendido con un veterano forense. Un tipo que vivía descuartizando cadáveres por lo legal... Qué maravilla para alguien de mis inquietudes... Me comentó que había, por decirlo a lo bruto, rajado más de 3.000 cuerpos. Añadió que jamás había detectado en un finado un largo adiós debido a eso que llaman «fumador pasivo». Apuntó que eso de fumador pasivo era una mentira. También es verdad que el forense me proporcionaba los sabrosos detalles encadenando los pitillos, con lo cual resultaba evidente cuál era su bando. También es cierto que asistíamos en aquel momento al inicio de la corriente de lo políticamente correcto que se inició, precisamente, con lo de los fumadores pasivos. No me pronuncio pues carezco de la autoridad que mana de los conocimientos científicos, me limito a rememorar las palabras de aquel galeno que alternaba con los fiambres empleando notable familiaridad. En cualquier caso, leí ayer mismo que la contaminación causa en Europa más muertes que el tabaco. Ya no sé, pues, si fumar o dejar de respirar el aire callejero. Pero si encima a esto le sumamos los microplásticos y el mercurio que zampamos con los alimentos, por no hablar del exceso de sol y de la radioactividad que proyectan la tele y el móvil, ignoro el motivo por el cual somos tan longevos en España. Bien pensado, aquel forense tenía razón: nos inyectan trolas. Por cierto, sigue vivo y de fumador activo-activísimo.