Lobos y corderos

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

Arturo Pérez-Reverte presentó el pasado martes una recopilación de artículos publicados en la prensa semanal. El hilo conductor del libro es la preocupación por el alarmante desconocimiento cultural y educativo de la Historia de España. Durante la presentación afirmó lo siguiente: «Los jóvenes no saben quiénes son, porque han desterrado la educación de los colegios, de modo que España es un problema de ignorancia y perdemos el futuro, porque un joven sin cultura y sin memoria es una oveja a merced del lobo».

El tema no sería preocupante si tuviéramos un sistema educativo estable, si tuviéramos un programa de Historia unificado en todas las autonomías y si los profesores sintieran la necesidad de compartir el relato de una identidad histórica plural e ilusionadamente compartida. Por lo general, en la enseñanza de la Historia de España la comunidad educativa se ha olvidado de lo que Laín llamaba «España como problema» y no quieren saber nada de sentimientos, experiencias o valores. Como si fuera un problema de áreas de conocimiento o de asignaturas, los educadores están poco preocupados por la Historia de España. Y cuando se plantea la cuestión sucede lo que comenta el propio Pérez-Reverte: la simplificación hemipléjica de las posiciones, como si fuera un problema de derechas e izquierdas. Es más, como si fuera la obsesión de una derecha que quiere apropiarse de la Historia, envolviéndose en banderas para mostrar las contradicciones de una izquierda que lo considera un problema fascista.

Esta simplificación no es nueva y cada vez es más alarmante. Su resultado es manifiestamente visible: un estado en demolición. En terminología del escritor, aunque España sea un país espléndido y formidable, ahora «España es un estado en demolición». Si la organización del estado autonómico no hubiera afectado a la enseñanza de la Historia de España y si toda la comunidad educativa fuera consciente de que no estamos únicamente ante un desafío científico, metodológico o historiográfico, sino ante un problema existencial y de supervivencia moral como pueblo, entonces aún dispondríamos de cierto espíritu comunitario con memoria compartida.

El resultado de esta simplificación es la fragilidad y vulnerabilidad de las convicciones que alimentan las prácticas educativas cotidianas. Ante el desafío de lo que Bauman llama una sociedad líquida, las nuevas generaciones tecnológicamente capacitadas aparecen atomizadas e inermes ante los populismos que también seducen con significantes vacíos a todas las generaciones. Al desentenderse de la Historia se produce una banalización y trivialización de las creencias, disolviéndose así el cemento de la memoria. Con ello no sólo se desprecia o margina cualquier propuesta de patriotismo constitucional sino que corremos el peligro de que se produzca la pulverización de la comunidad.