Lo uno y lo otro

FELIPE BENÍTEZ REYES

La superstición del nacionalismo se compone de muchos elementos, y el del irracionalismo no es secundario en esa fórmula que puede resultar explosiva, según nos ilustra el curso de la historia. Aquí, como andamos ahora en eso, y como somos como somos, la pugna está entre el micronacionalismo y el macronacionalismo, que son dos unidades de medida diferentes y dos medidas ideológicas idénticas.

No creo que nadie esté convencido de que la invocación a la unidad de la patria vaya a neutralizar la invocación a la independencia, entre otras razones porque el independentismo no representa una crisis resoluble, sino una meta irrenunciable, de modo que el suyo es un argumento inamovible, como los dogmas. Por eso, cuando el Gobierno ahora en funciones se propuso dialogar con los independentistas catalanes, estaba cumpliendo con su deber de gestionar un conflicto de alcance estatal, pero sabía de sobra que el diálogo estaba viciado desde su raíz, pues poco puede dialogarse con quien se sitúa de entrada no sólo en el soliloquio ensimismado, sino también en el monólogo inobjetable. Hasta tal punto es inobjetable ese monólogo que los partidos independentistas decidieron votar en contra de unos presupuestos generales no porque les parecieran deficientes, sino por el derecho parlamentario a la pataleta pueril, pues si de algo andan sobrados nuestros políticos es de infantilismo, que hasta vértigo da en ocasiones el que la gestión del país esté en manos de unas mentes tan simples y a la vez tan resabiadas.

La estrategia de combatir el micronacionalismo con el macronacionalismo no sólo resulta fallida de antemano, sino que acaba fortaleciendo lo que pretende debilitar. Solapar una bandera con otra tiene como resultado la potenciación de la bandera agraviada. Si absurdo resulta rebatir unos argumentos con otros argumentos que varían en la forma pero no en el fondo, desmontar las fantasías independentistas con fantasías unionistas es empeño inútil: una guerra entre entelequias.

Entre tantas banderas y tantas patrias, entre retos y afrentas, estamos diluyendo el concepto que nos articula: el de Estado, no como entidad abstracta, ni siquiera como realidad derivada de un devenir histórico, sino como estructura garantista de la aspiración a un funcionamiento social equilibrado. Las banderas y las patrias no sólo son nociones manipulables, sino que además tienden a promover jerarquías excluyentes, en tanto que el de Estado es un concepto inclusivo, el que nos acoge a todos al margen de nuestras quimeras telúricas e identitarias. Al margen, en fin, de ese cupo de irracionalidad que tendemos a aplicar a nuestra convivencia, que de por sí es conflictiva, de acuerdo, pero que lo que menos necesita son conflictos artificiales.