Llora por mí, Argentina

DIEGO CARCEDO

Cada cierto tiempo la situación en Argentina invita a llorar. La inolvidable canción de Nacha Guevara no pierde actualidad. Quizás porque es el país moderno donde más se discute de economía y más ciudadanos tienen soluciones verbales para los problemas económicos, la economía ha sido, es y temo que será un incorregible desastre. El país está donde solía, es decir, al borde del caos financiero, del regreso al 'corralito' que las personas recuerdan con pavor sin que haya servido a alguien de escarmiento.

La actual crisis se produce en vísperas de elecciones, tras el fracaso de la prometedora etapa de Macri y el revivir crónico del peronismo, más que una ideología, una droga colectiva de la cual no existe forma de desengancharse. Cuando uno escucha a políticos e improvisados expertos dar soluciones cuyas s teorías nunca se cumplen, surge en el ambiente el riesgo de la inflación, el mal de todos los males.

Pasan los años y la inflación destructiva que empuja a convertir el dinero en huidizos dólares que viajan al extranjero con la velocidad de la luz, reaparece sin que nadie consiga frenarla, tal vez porque nadie quiere sacrificarse intentándolo. Ya no se recuerda cuantas veces se cambió la cotización del peso, su transformación en australes, la sustitución por dólares sin control monetario, y otras soluciones que la demagogia encubre y la gente de la calle va improvisando.

En una etapa especialmente convulsa que pasé en Buenos Aires como corresponsal tuve ocasión de ver y contar lo que estaba ocurriendo. La inflación era tan descomunal que los supermercados abrían con unos precios y cerraban al medio día para subirlos por la tarde. La gente aguardaba a comprar hasta el último minuto y siempre en cantidades mínimas con la esperanza de adquirirlo más barato al día siguiente. Yo mismo recuerdo que cambiaba los dólares con cuentagotas porque cada pocas horas conseguía mejor cotización. Los servicios eran un galimatías. Eran los tiempos de Isabelita, la presidenta inculta e inexperta que su marido había dejado al frente del país. Lo sorprendente era la contradicción de las protestas callejeras con los gritos de «¡Perón, Perón!». Tampoco los gobiernos radicales consiguieron mejores resultados, con la excepción quizás del de Alfonsín, a quien le tocó pechar con la triste herencia de los generales que se alternaron durante la dictadura.

Todo el mundo recuerda cómo De la Rúa tuvo que abandonar en helicóptero la Casa Rosada mientras los bancos echaban el candado por falta de liquidez y su fugaz sucesor implantaba el 'corralito. La economía argentina ha sido un no vivir entre la corrupción, la evasión y la pelea con el FMI, que tradicionalmente ha sido el pararrayos de las críticas y el recuso contra los desafueros de unos políticos que si no manejan peor los intereses colectivos es porque no se entrenan.