Lizondo vuelve

CÉSAR GAVELA

Un día de marzo de 1991, ya cerca de las elecciones autonómicas y municipales, la ciudad de Valencia amaneció empapelada con unos carteles blancos, que solo llevaban un texto: «Lo teu». En los carteles también había algún símbolo, muy pequeño, del partido promotor, que era la formación regionalista de derechas Unión Valenciana. El partido fundado por Vicente González Lizondo, un hombre modesto y laborioso y un político muy apasionado.

«Lo teu». Es curioso lo parecida que era aquella campaña de la que lleva preconizando desde hace algún tiempo el sector nacionalista del Gobierno valenciano. Lo tuyo. Lo nuestro. Pero cada uno es quien decide qué es lo suyo, no un partido político ni tampoco un Ejecutivo autonómico. Cada mujer y cada hombre siente, libremente, qué raíz es la suya, cuál la más determinante, en qué idioma quiere expresarse. Que, por lo general, es en la lengua materna. Y cada uno tiene la suya, claro. Aunque es bueno saber otras, cuantas más mejor, y si uno vive en la tierra valenciana, es más que conveniente conocer el idioma en el que escribió sus versos Ausiàs March, y tantos otros creadores que nacieron y vivieron en este reino.

En la Comunidad Valenciana, como en las demás bilingües de España, muchas personas tienen como idioma materno al castellano. Y no parece nada probable que vayan a hacerse hablantes exclusivas o preferentes en el otro idioma oficial. Aunque lo conozcan. Y, por cierto, cuanto más lo conozcan, mejor.

Valencia tiene dos idiomas, dos literaturas y 700.000 extranjeros. Incluso tiene comarcas que nunca han sido valencianoparlantes. Eso es así, y así va a seguir siendo. Porque vivimos en libertad. Sin duda es muy legítimo, y necesario, que la autoridad lingüística competente promueva con determinación el uso del idioma compartido con Cataluña y Baleares, pero el derecho de las personas a hablar en el idioma que prefieran es irrenunciable. La potente campaña en favor del valenciano, que es respetuosa y amable, tiene sus límites: el deseo soberano de cada persona. Aunque no conviene olvidar que uno de los objetivos del nacionalismo es ir borrando el idioma de Cervantes de la vida cotidiana. Hoy por hoy aún estamos en la prehistoria de esa iniciativa, por así decirlo. Como sucedía en la Cataluña de Jordi Pujol allá por 1985. Pero la ensoñación identitaria no cederá en su propósito oscurecer, con sonrisas, el idioma español. Ya lo ha conseguido en muchos escenarios y va a redoblar esfuerzos para 'invisibilizar' la lengua que compartimos con 550 millones de hablantes. Como ha sucedido y sucede en Cataluña. Ahora bien, el éxito del plan es harto improbable. Baste recordar que hoy mismo en la región vecina, y después de casi 40 años de inmersión y obsesión lingüísticas, la mayoría de los catalanes habla en castellano. Porque cada uno se expresa en el idioma que quiere, En «el seu».