Libres

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El aire acondicionado no existía. Las balsas de riego fueron las piscinas de magro diseño que nos aliviaban del calor vacacional. El agua arreaba dentellada gélida porque brotaba directamente de un pozo y, como no añadían disolventes químicos, solían presentar sobre la superficie una película repugnante de verdín color verde moco, una especie de alga también bautizada en el valenciano de la Valldigna como «borró». Resultaba emocionante pedalear en bici hasta una de esas balsas sin saber cómo de fría encontrarías el agua y cuánto verdín se acumulaba. También contribuía al suspense la sorpresiva visita de algún vigilante agropecuario porque entonces convenía huir rápido. Nunca disfrutamos, los de mi generación, de los parques acuáticos, pero en cambio disponíamos de los ramales de las acequias. Algunos aprovechaban para efectuar rudimentarias presas con palos y plásticos. De nuevo regresaba la sensación de peligro pues el agricultor más cercano jamás apreciaba el alarde de ingeniería y lanzaba pedradas disuasorias con energía atómica. España ha cambiado tanto aunque no todos, por desgracia, perciben el gran salto hacia adelante... Hablando de esto con amigos, uno acertó al descubrir la diferencia fundamental entre los críos de ahora y los de antes. «No teníamos chismes electrónicos, ni internet, ni plataformas con canales de dibujos animados las 24 horas. Pero teníamos libertad». En efecto, gozábamos de una libertad casi ilimitada. En casa, allá en el pueblo, sólo nos controlaban a la hora de comer y a la de cenar. El resto del tiempo éramos libres, totalmente libres para maquinar, en general, pequeñas maldades y actividades furtivas. También es verdad que, de vez en cuando, con tanta barrabasada y tanto experimento, igual un chaval se ahogaba. La libertad, en efecto, siempre tuvo un precio.