Yo, libre

Yo, libre
Simson Petrol

VICENTE L. NAVARRO DE LUJÁN

Uno de los fenómenos que caracteriza a cada etapa de la izquierda en el gobierno es su irrefrenable intento de ingeniería social, es decir, la pretensión de conformar los comportamientos colectivos a sus valores ideológicos, a despecho de la pluralidad que una sociedad tan compleja como la nuestra posee, y como quiera que en ámbitos como la vida económica es difícil sustraerse a normas y realidades multinacionales que ya han impuesto un modelo de economía de mercado casi universal -incluida China-, la batalla para diseñar una sociedad unívoca y uniforme se libra en los ámbitos cultural y educativo.

Hay que reconocer que en ello a nuestra izquierda no le va mal, porque los agentes culturales predominantes, empezando por los medios de comunicación, asumen casi unánimemente los presupuestos de la izquierda ideológica como únicas reglas axiológicas aceptables, con propuestas éticas realmente llamativas: por ejemplo, resulta horrible la tauromaquia, pero es aceptable que una chica de dieciséis años pueda abortar sin conocimiento o consentimiento de sus padres. Planteamientos tan aberrantes como éste han entrado a formar parte natural del imaginario y la cultura del ambiente, sin que la mayor parte de la sociedad se plantee una reflexión serena y pausada sobre ello.

Consciente de que la cruzada sobre el modelo económico está perdida hoy por hoy, la pretensión es configurar un modelo comunitario acorde con una cosmogonía única y uniforme, de acuerdo con los grandes teóricos de la sociedad totalitaria, entre los que yo destacaría al gran teórico marxista Georg Lukács, cuya obra 'Fundamentos de una estética marxista' constituye un 'catecismo' imprescindible para perfilar a cualquier colectivo humano, metodología que, aunque nuestros líderes de izquierda no hayan leído esa obra porque no hay tiempo para ello, es puesta en práctica cotidianamente de forma intuitiva.

Por todo ello, el objetivo primordial de cualquier nuevo gobierno de signo izquierdista es acometer el ataque, cerco e invasión del campo educativo, porque se sabe bien que el futuro de cada pueblo se halla en el presente de las aulas. No es de extrañar que la dedicación obsesiva de nuestro actual Gobierno -aparte de pactar cada día con el independentismo su propia supervivencia- sea la de reformar de nuevo el sistema educativo, como ya se ha intentado hacer con las sucesivas leyes del sector -casi todas de marchamo idéntico-, que pretenden ignorar la diversidad social e imponer un modelo pétreo con argumentos falaces, tales como afirmar que la única enseñanza neutral es la de titularidad pública o defender que el principio de subsidiariedad hace de la escuela de iniciativa social subsidiaria de la de oferta estatal, cuando el aserto esgrimido significa justo lo contrario, como se deduce de la lectura de los tratados europeos que evocan tal paradigma.

Se trata de una trampa saducea. Parecería como si el profesor de un instituto o escuela de titularidad estatal en sus clases se mantuviera como un ser ajeno a cualquier profesión ideológica, tan objetivo como quien explica que el agua está compuesta por dos átomos de hidrógeno y otro de oxígeno, sin que su comportamiento en el aula esté ya, de por sí, transmitiendo concepciones, valores y axiología, sin percatarnos de que los tablones de anuncios del centro educativo, en función de quien lo rige, andan llenos de carteles, propuestas y convocatorias destinadas a conformar la ideología de los alumnos, que esos mismos centros pueden invitar a dar charlas a determinadas personas y dificultar o prohibir la presencia en ellos de quienes piensen distinto.

En el área educativa vivimos ante una emergencia grave, porque muchos agentes sociales -padres, alumnos de cierta edad y profesores- han tirado la toalla y han asumido su incapacidad de reaccionar ante un auténtico 'tsunami' ideológico que todo lo inunda, que aguantan impertérritos las propuestas gubernamentales de que nuestro modelo educativo es el de la escuela pública y laica, lo cual se contradice con nuestra legislación y una reiterada jurisprudencia constitucional que ha sentado justo lo contrario, que asume y defiende el principio de libertad de enseñanza, de pluralidad educativa y derecho de las personas para buscar y recibir el tipo de enseñanza que deseen para ellos y sus hijos.

Un sector de nuestra comunidad humano/política se halla inerme ante la inundación de asertos 'políticamente correctos' y filosóficamente discutibles. Hay quien cree que la libertad consiste en poder sentirse libre en su hogar, sin hacer más, hasta que llega un momento en que la expansión del poder se adentra incluso en la propia casa de cada cual y nos dice si hemos de deambular andando, con bici o con vehículo motorizado, si la ideología de género es la única respuesta antropológica asumible ante la complejidad ontológica y afectiva del ser humano, o si es bueno o malo consumir refrescos azucarados.

Ante esta dinámica de incipiente totalitarismo, yo le aconsejaría a mis lectores que, cada día, cuando se alcen de la cama, se miren al espejo, y griten como locos: ¡yo soy libre! Si no lo hacen, un día verán que en el espejo no se refleja su propio rostro, sino el de un desconocido.

 

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