L'estoreta velleta...

MIQUEL NADAL

La columna es exigible, por imperativo ciudadano, aunque parezca de la retórica de aquellas 'Memorias de un Setentón', las de Teodoro Llorente Falcó, pues de repente uno se acuerda de las fallas de su infancia, sin verbenas ni turistas, cuando la mascletà en una humilde falla de barrio aún se llamaba «la disparà», y en los Salesianos nos dejaban salir pronto y corriendo por la calle Cádiz o en el autobús de Rubio acudíamos a la Plaza. La Fiesta se ha convertido en lo que coloniza el centro histórico, y lo que se protagoniza en los barrios, que todavía mantienen cierto aroma antiguo, algo con lo que no se cuenta. Me parece que llevamos un par de décadas reclamando la necesaria reflexión sobre el futuro de la fiesta, viendo cómo se desbordan las dimensiones cuantitativas del público, y en cierto modo orillando un debate que habrá de abordarse necesariamente. Entre los fóbicos de las Fallas, los que aprovechan para huir, y los que protagonizan la fiesta, hay mil matices y maneras de vivirlas, que merecen también ser escuchadas. El problema de las Fallas es que siendo de un valor artístico y patrimonial tan importante y costoso, no pueden acabar convirtiéndose en un puro decorado para justificar el masivo exceso gastronómico y del consumo de alcohol. Las Fallas, todos lo sabemos, son algo más que unas peñas cuyo único gasto fuera comerse y beberse lo servido. Tengo la legitimidad para hablar de quien fue fallero, hijo de familia fallera, y que aprendió las dimensiones de su ciudad, y situarse en su laberinto, aprendiendo de memoria los nombres de las comisiones de las Fallas, y de los que no se van a Baqueira ni a hacer el camino de Santiago. Más allá de la logística y de las incomodidades que puedan generarse para los habitantes de la ciudad, quizá debamos volver la mirada hacia esa parte artística del monumento, porque a la fiesta ya no le caben más actos, ni más cabalgatas, ni más paradas de moros y cristianos, cuando en cualquier otra ciudad, con una mínima parte de lo que nosotros hacemos, con cuatro toros, unas luces y dos cadafales ya reclaman la visita. Pienso en la necesidad de que la Fiesta, y su Museo, dispongan de una sede céntrica que la haga visible y visitable todos los días del año. Pienso en la incomprensible desatención académica y formativa que el oficio de artista cuenta en la Universidad, y que debería ser el germen de vocaciones y de un sector productivo con futuro. Pienso que hay esperanza en el monumento, en la Falla, como se demostró en la Falla de la Plaza de la Reina, en la del Tío Pep, la del Lleó de Mestalla. Con su aparente modestia escultórica, será una Falla que recordaremos siempre, porque quizá nos recordaba aquel tiempo en que las Fallas significaban algo, se referían a algo, y pretendían escenificar algo. L'estoreta velleta...