LEJANÍA DE MESTALLA

MIQUEL NADAL

Ventajas de vivir cerca de Mestalla. Quiso el destino que el pasado miércoles por la tarde pudiera ver cómo cruzaba por la Avenida de Suecia un grupo de personas, sonrientes, con planos y gabardinas de Escada que no iban precisamente a hacer el Tour porque accedieron entre la lona hacía alguna zona que no conozco. O compraban, o vendían, o iban a dar fe. Lo temido ya está ahí. Desde mi intuición de las aristas jurídicas del proceso, sabiendo que el proceso no es sencillo y probablemente inevitable, todo este tiempo desde que se tomó la estúpida decisión, aquí, desde las grandes vías hacia dentro, no a miles de kilómetros, hemos vivido un período de prórroga que se acaba. La celebración de un Centenario y la despedida de un campo que pudo llegar a serlo. Tengo escrito que uno de los éxitos de Valencia F.C. fue su vocación sedentaria, instalada en torno a un mismo espacio ligado a la introducción del fútbol en la ciudad: la Gran Pista de la Exposición, Algirós o Mestalla. Desde el punto de vista telúrico todo era lo mismo. Una acequia que en realidad, como escribió un cronista en 1923, proponiendo llamar a Mestalla Nuevo Algirós, hablar de la acequia de Mestalla no era sino hablar de sus brazos, el de Algirós o el de Rams, que es el que pasa por el campo. El hecho de que al estadio de Corts Valencianes se le pueda llamar Nou Mestalla, por los restos arqueológicos encontrados que avalarían un mismo vínculo hidráulico, no deja de ser un consuelo ineficaz. Se continuará escribiendo sobre las pérdidas y ganancias del traslado, pero a mí lo que me preocupa e interesa es la distancia. La distancia no es sólo física. Es la lejanía sentimental. El abandono de la casa y las raíces. Ya no seremos los mismos, y viviremos años con esa sensación de prestados que tiene el resultado de la mudanza cuando todavía los que habitan la casa no la poseen y no han reído y llorado en ella. Cuando acudíamos a Mestalla todavía podíamos jugar a escuchar el rumor de la acequia, o el relato de esas voces ancestrales que nos contaban que habían ido allí saltando la acequia. Lo que significaba la historia de Mestalla y su fortaleza patrimonial, nos hacía a veces invencibles, y convertía en ridículas esas bagatelas de los descansos, con las cámaras de los besos, los bombos y los sorteos. Peajes al fútbol moderno que disculpábamos sabiéndonos protegidos en Mestalla. En el nuevo campo estaremos expuestos a toda clase de tropelías de esas de la infantilización del fútbol y del espectador. Sentado en Mestalla uno podía reproducir a sus hijos la salmodia de Barrachina o de Pollos Asados Casa Cesáreo, como testimonio de una voz ancestral que tendría continuidad. En el nuevo campo, con la megafonía de la franquicia, las únicas voces que escucharemos quizá sean de reproche a nuestro delirio.