La lejanía

JUAN GÓMEZ-JURADO

Hoy en día la tendencia es a someterlo todo al baremo del 0 o 100 olvidando que algunas de las enseñanzas con las que nos manejamos en la vida no salieron de obras maestras sino de pequeñas obras que aunque nos aburrieron como a una ostra, incluían una perla que sumamos a ese acervo de cosas que, de repente, entendemos mejor. Al saquito de cosas que nos hacen un poco más sabios. Por supuesto que de El Quijote se pueden extraer infinitas enseñanzas, pero en los menores Entremeses también se esconden si sabes buscarlas.

El motivo por el que nos enamoramos de una obra es muy similar al motivo por el que nos enamoramos de una persona y de otra no. Aunque a quien acabamos amando no esté en nuestros cánones. Aunque la persona que nos deja indiferentes sí lo esté.

La última película de Almodóvar se llama Dolor y Gloria, pero habla sobre todo del dolor. De cómo el dolor físico nos recuerda lo humanos que somos (Los días que sólo me duele una cosa soy ateo, pero cuando me duelen todas, creo en Dios, viene a decir su protagonista). De cómo el dolor interior, el del alma, sólo se cura cerrando heridas. Revisando en el pasado esos momentos en los que nos hicimos daño y tratando, más que de rehacerlos, de entender a esas personas que nos hicieron el daño, incluyendo, por supuesto y sobre todo, a nosotros mismos.

Probablemente ya estamos empezando a notar esa excesiva cercanía que las redes sociales han creado entre el autor y su público. Poco queda ya de esa imagen de Luis García Montero que decía que un escritor escribe en soledad para un lector que lee en soledad. Las prisas, el exceso de altavoces, las filias y, sobre todo, las fosas excesivas, directas, han creado un bloqueo en el autor: el pánico a asomar la patita.

A estas alturas todos hemos sufrido ya un fracaso y un apaleo en redes, a veces personal, a veces a la obra, casi siempre de ambas cosas. Y sin embargo la necesidad de crear, de contar historias, el hecho de entender la vida sólo a fuerza de narrar lo que vemos y lo que sentimos con lo que vemos, es más fuerte que el miedo y más fuerte que el dolor.

Almodóvar no disimula que se ha puesto un espejo delante, curiosamente algo que ha hecho el mismo Woody Allen infinidad de veces, poner a un actor que le interpreta incluso físicamente. Una manera de usar una barrera, de nuevo esconderse, protegerse, buscar recursos para seguir contando historias parapetado tras trincheras, tratando de acolchar el dolor pero no pudiendo evitar hacer lo que sabe hacer. Como cuando tienes una costra que sabes que te va a arrasar la piel si te la quitas, pero no eres capaz de resistirte a hacerlo, aunque sangres, aunque llores. Crear siempre ha sido llorar, siempre ha sido visitar el infierno para tratar de subir al cielo. Hoy, más que nunca, para el creador el infierno son los otros... Y los otros somos nosotros.