Lecturas de verano

MIQUEL NADAL

Escuché de la publicación de un estudio que alertaba sobre la desaparición de los insectos, y su influencia sobre el medio ambiente y la cadena trópica. Hay otras extinciones más evidentes. Coincidiendo con el inicio de la estancia en la playa mi alerta se dirige a la desaparición de los puntos de venta de periódicos. Hace tan solo unos años todavía podía cumplir el ritual cercano de la reserva del periódico, lugar de compra de cromos del álbum de la Liga, y periódicos extranjeros, y cuando uno se acercaba a la playa, aún se podía distinguir el espectáculo de la gente leyendo, con las páginas del periódico compitiendo contra la brisa. Ni que decir tiene que ese fenómeno, el de la extinción de la lectura, está ya cumplido con la lectura de libros. Uno baja a la playa con un libro y tiene la sensación de que con ello se convierte en un ser asocial, que se esconde tras la lectura para no mantener conversaciones de supervivientes, e insulsas variaciones de la investidura como ficción, casi materia de una serie. En unos años el reportaje sobre las lecturas de los políticos en vacaciones será una triste reliquia. Me viene a la cabeza el tiempo en el que en Oliva todavía existía una Llibreria de la Mar, y las tardes se convertían en el tiempo moroso en el que cumplir la deuda con las lecturas aplazadas que eran promesa de reflexión. La lectura es sinónimo de anonimato, de cuidado de la privacidad, de crecimiento de los matices, visita del pasado, imaginación del futuro. Valores antónimos a la entronización de la velocidad, la exhibición y a esa exaltación del presente que las redes sociales han consagrado, y que contamina la vida pública. Sé que es una exhortación ya derrotada de inicio, pero algo habría que hacer para rescatar ese mundo en el que el acceso al crimen y el castigo, la guerra y la paz, los vicios y las virtudes, el poder y la miseria se realizaban abriendo una página de un libro y comenzando con un humilde 'Erase que se era'. Yo aún recuerdo el año pasado una presentación de libros en la playa de Xilxes, con mi amigo Albert Ferrando, en un chiringuito de la Biblioteca a pie de arena, en bancos de madera, con una sombra repleta de alegría. Lean y reflexionen, aunque sea en vacaciones. En un documental escuché el otro día que una de las características del hombre de Estado tenía que ser el amor lógico por la cultura, por la novela, porque en el fondo, mientras que el político ordinario solo piensa en su carrera, el hombre de Estado piensa en la historia. Distinguiríamos al hombre o la mujer de Estado imaginándolo en la siesta, y para ello sería necesaria la novela, no exhibir sus fotos en bañador dando cuenta de una paella. Bajen a la playa sin teléfono y con una novela. Nunca hay problemas de conexión ni fibra óptica.