Lecciones del siglo

Ni cien años nos ha durado lo aprendido en el principal conflicto bélico del siglo XX

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La principal lección de la II Guerra Mundial no es solo la prevención ante la cosificación del ser humano convertido en desecho, como se evidenció en los campos de exterminio, sino también la alerta ante nuestra incapacidad para frenar la conjunción de poder y ambición. Cuando se unen, cuando no hay escrúpulos ni valores, todo está permitido; también el uso de los demás.

En estos días en los que se cumplen 80 años del inicio de la guerra europea asistimos a un episodio más de la descomposición interna de la Unión y de los estados nacionales como los conocemos. Ni cien años nos ha durado lo aprendido en el principal conflicto bélico del siglo XX. El Brexit, las turbulencias italianas, el recambio poco sólido en Alemania o la debilidad del presidente francés, por no hablar del 'caraguapa' español de pasarela en el G7, están faltos de liderazgo, de fe en la colaboración como garantía frente al enfrentamiento y de convicciones europeístas que contrarresten las maniobras rusas o la desidia de Trump ante el devenir de los acontecimientos mundiales. Son las bases del bombardeo premeditado y consciente de las instituciones comunitarias en aras de los intereses no solo nacionales sino particulares de quienes manejan el poder en cada país.

El cambio de organización política no tendría por qué ser una desgracia ya que forma parte de la propia evolución de las sociedades humanas, pero sabemos que estas transformaciones raramente se producen de forma pacífica, de ahí el miedo a las tendencias que vivimos. En ellas luchan el centralismo estatal contra la disgregación local; las seguridades de los aranceles -ya sean económicos o humanitarios- contra la exigencia de libertad; la seguridad de las fronteras para «los otros» contra al sentimiento de pertenencia a una comunidad global. En esos terrenos se está dilucidando el mundo que viene. Y no pinta bien.

La política española es un buen ejemplo de ese campo de batalla en el que se desarrolla la partida. Tenemos nuestras fuerzas centrífugas y centrípetas oponiéndose; el discurso de la pureza nacional frente a los otros, sean de fuera o de dentro pero sin compartir el discurso; las fronteras entre barrios o entre grupos de la misma calle, y en todo eso unos líderes narcisistas cuyas ambiciones personales pueden minar irremediablemente las estructuras colectivas pero miran hacia otra parte. Lo vemos con las mal llamadas «negociaciones» entre el PSOE y Podemos. Son pulsos más que apretones de manos y representaciones teatrales más que conversaciones de profundidad. En eso tampoco hemos aprendido lección alguna. Nos convencieron de que la nueva política era la oportunidad de los acuerdos frente a las mayorías absolutas pero no saben ni quieren renunciar a los privilegios de la antigua política. Lo malo es que las transformaciones son imparables. Y la obligación de los políticos no es tanto evitarlas como gestionarlas bien.