Lecciones de los 'chalecos'

JUAN CARLOS VILORIA

El movimiento de los 'chalecos amarillos' se ha desactivado en Francia con el mismo sigilo con el que surgió. El botín de la insurrección tampoco es precisamente la toma de la Bastilla. Mucho ruido para tan pocas nueces. Apenas la cancelación provisional de las tasas a los carburantes, el incremento de 100 euros al salario mínimo, la congelación de los precios del gas y electricidad y reducción de impuestos a pensionistas y trabajadores. Nadie ha capitalizado políticamente la revuelta aunque al presidente Macron se le ha movido el sillón. Pero estos dos meses de motín urbano han dejado algunas señales en el firmamento político europeo que conviene no pasar por alto. En primer lugar que las clases medias empobrecidas por la crisis y pagando resignadamente todas las facturas durante años, están hartas, por decirlo de una manera políticamente correcta. Porque el movimiento de los chalecos ha sido protagonizado por gente que tiene trabajo, que tiene coches todoterreno, que podía salir los sábados a cenar fuera y al cine de vez en cuando. Que no pertenece a las minorías mimadas por los gobiernos. Ni al colectivo de jóvenes, ni emprendedores, ni inmigrantes, ni ricos, ni pobres. Los invisibles. Esa clase media que necesita el coche para trabajar y se hace a diario docenas de kilómetros. Que paga religiosamente los impuestos y que con las cargas fiscales y la congelación de los salarios, ha visto derrumbarse vertiginosamente su nivel de vida. Ahora le querían hacer pagar también la factura del cambio climático y ha dicho, stop.

Los 'chalecos' han dejado también otro aviso. No han necesitado ni de sindicatos, ni de partidos, ni líderes carismáticos, ni de infraestructuras organizativas. Les ha bastado con Facebook. No han necesitado intermediarios. Se han conectado unos con otros directamente por las redes. El carácter apolítico del movimiento les ha permitido gozar hasta el último momento de la simpatía de la opinión pública. Si algo caracteriza a este movimiento es su desconfianza de los políticos, de los gobiernos y de la propia política. Ese es el mensaje que han dejado en el asfalto: que sepáis que políticos y dirigentes no habéis sido capaces de entendernos y resolver nuestras preocupaciones. Y como todo movimiento popular-populista que se precie han querido imponer a los medios de comunicación su propio mensaje sin intermediarios. Han golpeado a periodistas, insultado, amenazado, coaccionado a televisiones. El responsable de France Press ha reconocido que estas expresiones de violencia contra los periodistas son inéditas en la historia reciente. Y como todos los movimientos que utilizan la calle y que tienen el caldo de cultivo de la frustración, han degenerado en violencia y cólera por momentos. Hay un fondo de regreso a la prepolítica. A la acción directa. A romper con el sistema. Después del tsunami las encuestas solo dejan un beneficiado de cara a la europeas: el partido de Le Pen, Reagrupación Nacional.