Lecciones

El incendio de Notre Dame ofrece muchas enseñanzas: sobre orgullo y mecenazgo, pero también sobre cómo se rehabilitan templos sin fecha

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

La primera lección que se puede obtener del incendio de la Catedral de Notre Dame, en Paris, la expuso ayer, con brillantez, Pablo Salazar: es la del orgullo nacional, el respeto colectivo a un símbolo universal que, por encima de la religión, es asumido por todos los colectivos, partidos, creencias y catálogos de valores.

La segunda es la del mecenazgo, obviamente. Las empresas entienden a la perfección cuál es el acerbo de sentimientos e inclinaciones de la nación -el pueblo en su conjunto- y se aprestan a echar una mano generosa a la tarea colectiva de reconstrucción del patrimonio cultural.

Hay una tercera lección, que entre nosotros ya está calando por fortuna: los bienes históricos y monumentales, aunque sean de la Iglesia Católica, son una fuente de recursos producida generosamente por un turismo que, en Europa, está entendiendo que se viaja para disfrutar del paisaje, la atmósfera, la cultura y la memoria emocional. El patrimonio cultural, a fin de cuentas, es una fuente de ingresos de primer orden. De modo que invertir en su seguridad y puesta al día es primordial.

Hay otra lección en la que Europa debería aprender de Oriente. Es la que indica que los grandes monumentos no tienen fecha fija. De ahí que la Unesco bizqueara cuando se enfrentó a los templos de Japón, donde la renovación de las maderas es continua a través de los siglos, pagada por fundaciones pero posible gracias a familias artesanas que heredan durante siglos el oficio de rehabilitar las estructuras de madera de unos edificios monumentales que se prolongan en el tiempo.

La quinta lección disponible que nos brinda la tragedia de Paris es que un estado laico resulta ser propietario de un templo que los de Danton y Robespierre se ocuparon de saquear y destruir sin respeto. En las escuelas públicas francesas el laicismo oficial no admite el crucifijo; pero eso no es obstáculo para que el Estado asuma el deber de mantener y ahora rehabilitar el templo emblema de los católicos.

Una sexta enseñanza es que lo perdido, en su mayor parte, es obra de la recreación fantasiosa y romántica de Viollet-le-Duc, que hacia 1850 construyó lo que no había, para empezar la imponente aguja ahora perdida. Como en Carcassone y el Mont Saint-Michell, el imaginativo arquitecto francés impuso sus diseños, con adornos, quimeras y estatuas -incluida la suya propia- que se inspiraron en Victor Hugo y nunca lucieron antes. Como imitación, Aixá, en Valencia, otorgó añadidos a la Lonja y repuso calados perdidos en las torres de Serranos.

Finalmente, junto con la duda de si habrá en París, ahora, una reconstrucción con detalles creativos del siglo XXI, hay un juego interesante: considerar si las muy restrictivas leyes valencianas de Patrimonio permitirían, o no, lo que en Francia se hará. En nuestro caso podemos apostar que la reconstrucción iría acompañada de al menos cinco años de agrias polémicas.