LAICISTAS A CONVENIENCIA

En ideológica coincidencia con una expresión habitual del conseller de Educación, la federación de padres de la escuela pública ha iniciado el curso con el lema 'Escola pública, eduquem per transformar'. Me suena extraño que los padres antepongan la institución a su propio rol educador. Es así donde 'eduquem per transformar' le da un sentido político a la Educación y así no se sabe bien si se defiende el papel transformador (para los hijos) de una familia que educa o que son las familias, representadas o no, el obstáculo a salvar para alcanzar la transformación anunciada.

Así la han liado, en este caso la Confederación Gonzalo Anaya, por su rechazo, en boca de su presidente, a que alumnas vistan velo o que los centros deban adaptar, a solicitud del estudiante, sus menús por tradiciones religiosas. A lo primero, el mismo conseller mostró su disconformidad. A lo segundo, la federación provincial integrada en la Confederación. Su 'matización', no vaya a ser que haya alumnos vegetarianos...

Es importante reseñar lo anterior para entender un movimiento asociativo que propugna, y cito, una escuela «totalmente pública, de calidad, laica, democrática y en valenciano». Quiten lo de calidad (entiendo que no hay familia que busque la chapuza) y observarán que cada deseo arranca un jirón al conjunto de familias.

No fue la defensa de la Religión en la escuela, sino el velo y los menús, las expresiones religiosas individuales en el espacio escolar, lo que salió a defender el conseller en oposición a las opiniones de estas asociaciones. Recordarán que ya la Conselleria modificó el reglamento de un instituto que prohibió a una alumna asistir a clase con velo.

También pasó por alto el conseller estas opiniones laicistas al defender la implantación en varios centros de grupos de la asignatura de Religión Islámica o Evangélica. «Cumplimos la ley» argumentó, pues existe un acuerdo desde hace lustros que así lo establece. Así, la Conselleria y sus representantes políticos defienden la diversidad religiosa en la escuela al opinar sobre hechos que afectan a religiones que no sean la católica y, en cambio, recuperan el discurso laicista al hablar sobre preguntas referidas a lo católico. Así, en unos casos la ley es un texto que permite extender los derechos, en otros es una bola de hierro que limita la acción política.

No pretendo acusar, ni mucho menos, de una doble vara de medir según la religión de la que se trate pues la postura laicista impera indistintamente. Sólo la perspectiva difiere, una vez la Religión se reduce a un hecho cultural, de tal forma que otras religiones se observan desde un punto social, de integración, diversidad y convivencia, y la católica desde una confrontación política.

Ese fue el alegato que en el inicio de curso expuso el conseller: su postura -y entiendo que la de su programa electoral- sobre la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. Insisto, su postura, porque para que sea intención debe pasar a la acción de gobierno, y no hubo ningún anuncio al respecto. Fue un «ya nos gustaría» pero la ley «nos lo impide».

Así es: la ley lo impide y lo máximo que ha puesto sobre el tapete el nuevo Ministerio de Educación es revisar el carácter evaluable de la asignatura.

Más allá de cómo sea la asignatura, la religión, que forma parte de la identidad de las personas, es la única de las grandes diversidades que se plantea retirar de las escuelas, reducirla a un ámbito privado, cuando la tendencia es la contraria en el resto de rasgos profundos que nos definen. Se hace ver cómo un privilegio sólo porque la católica es la mayoritaria, por eso su valor como derecho individual se aprecia mejor cuando afecta a minorías. No es cuestión del número de alumnos y por eso no se vota que unos padres puedan oponerse a que se cree una clase de Religión Islámica en un colegio público; da igual que lo ponga en el Reglamento Interno del centro, porque el instituto le puede requisar el móvil pero no el velo a una chica musulmana.

Esto, que lo expresan tan claramente los responsables educativos, no lo priorizan cuando se trata de la Religión católica, a pesar de que hablamos de los mismos derechos individuales, con la diferencia (democrática) de su condición mayoritaria e histórica. Al fin y al cabo, y no lo entiendan como un deseo teocrático, Jaime I no celebró su entrada a la ciudad creando Apunt, sino con una misa.

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