LACERANTE PARA LOS JÓVENES

Su injusta situación, con sueldos de hace décadas y alquileres por las nubes, no se soluciona con recetas sencillas como las subvenciones

LACERANTE PARA  LOS JÓVENES
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

El tema de la desigualdad ocupa un gran espacio en el debate público de hoy en día. Si me ha leído alguna vez ya sabrá que estoy en desacuerdo con el enfoque habitual. Con ese que empieza a buscar la igualdad una vez que la cosecha está en el silo y se olvida siempre de repartir los esfuerzos para conseguirla. Me resulta fastidiosa esa manía de desconocer, y no valorar, los esfuerzos desiguales realizados para comprar el terreno, preparar la siembra, cuidar las plantas y cosechar los frutos mientras que todo se resume en exigir que el grano obtenido tenga un reparto igualitario.

Pero, bueno, hoy no pensaba darle la lata con mis obsesiones trasnochadas. Hoy quería comentarle una desigualdad que me parece muy preocupante, ademas de lacerante. Me refiero a la desigualdad que el Banco de España ha observado entre los sueldos que perciben hoy los jóvenes escasamente preparados, en comparación con los que recibían el mismo perfil de trabajador hace décadas.

El banco asegura que los jóvenes con una preparación escasa cobran hoy lo mismo o incluso menos, en valor absoluto, que los trabajadores de su misma edad a finales del siglo pasado. Es cierto que esta intolerable situación queda matizada por el hecho de que la inflación de precios ha sido muy escasa a lo largo de este periodo, pero no deja de ser un consuelo muy pobre. Aparte de ser una injusticia, esto desanima a los jóvenes, les irrita y les obliga a permanecer durante más tiempo en el hogar paterno al complicar su emancipación. Una quimera hoy, cuando vemos además que los precios de los alquileres, esos sí, suben fuerte en algunos lugares que, curiosamente, coinciden con los que disponen de una mayor y mejor oferta de empleo. Y si nos fijamos solo en los últimos diez años, este atasco salarial se repite para todos los jóvenes, con independencia de su nivel formativo.

Nunca antes había sucedido una cosa así. La mejoría de la educación y el aumento de las rentas habían seguido una línea ascendente con carácter permanente. Las explicaciones son complejas. El BdE habla del aumento del paro -aunque sea aberrante considerar el trabajo como una simple mercancía, lo cierto es que el mercado rebaja el precio de todo cuando aumenta su disponibilidad-, y de la disminución de las horas trabajadas.

¿Y cómo arreglamos este desaguisado? Pues, a los adoradores del gasto se les ocurre de inmediato una gran idea: subvencionemos a los jóvenes sin estudios para que puedan desarrollar una vida digna. ¿Impecable? No, que va, demasiado sencilla. Vayamos mejor con las ideas complejas y las soluciones complicadas. Lo primero que debemos hacer es mejorar la educación. Eso no es una alternativa, es una obligación. No solo porque la situación es menos mala hoy para los mejor formados, sino porque la situación será imposible en los próximos años para los poco formados.

Pasa lo mismo con los alquileres. Si suben, la idea de aumentar la demanda por la vía de conceder subvenciones es absurda porque empeorará las cosas y esa subvención terminará en manos de los propietarios. Lo que hay que hacer es aumentar la oferta para que baje su precio y eso solo se puede hacer con el fomento de la construcción de más viviendas de tamaño y precio asequible.

Y nos quedaría la cuestión capital: tenemos que crear empleos de mayor calidad. Es obvio, pero esto no basta con desearlo o exigirlo como hacen los políticos que jamás han creado un empleo de calidad en toda su vida. Ni van a hacerlo en el futuro. Con ellos no podemos contar. Hay que contar con empresarios audaces y serios que tengan visión de futuro y sean capaces de competir en el mundo; con un sistema educativo potente que forme a los jóvenes en las materias que demanda la sociedad y no en las que resultan más cómodas para el profesorado; con una administración que facilite trámites y no entorpezca con burocracias estériles; con un sistema fiscal orientado más a la promoción y a la recaudación de mañana y menos a la de hoy.

¿Fácil? No, muy difícil. Pero nos jugamos el futuro, así que cuanto antes empecemos, tanto mejor.