JUGAR DE «BULTO»

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Sólo existía el partidillo de fútbol cuando los momentos del recreo o las tórridas y largas tardes veraniegas en el pueblo. Entre la chavalería pelotera se repetían los patrones. Siempre había un fiera capaz de regatear al resto sin despeinarse y, por contra, también encontrábamos a su reflejo del lado oscuro, a su contrario, que era ese mozo harto torpe incapaz de manejar el balón con un mínimo de sentido. El resto no éramos sino esforzada tropa del montón que corría como pollos sin cabeza. La disposición de los jugadores resultaba simple, o defensas o delanteros. Pero el negado disponía de un estatus que evidenciaba su nulidad. ¿Y de qué juega Fulano? Pues de «bulto». En efecto, su escasa maña le reducía a la labor de un bulto que como mucho optaba a molestar al contrario. Sin duda esto de jugar de «bulto» segregaba humillación, pero a esas edades tampoco los matices de lo políticamente correcto atenazaban nuestra lengua, nuestros modales. Obsérvese que al bulto se le consideraba incluso inferior que al cojo, pues el cojo, en general un lesionado fondón, todavía podía meter el famoso gol del cojo si se lo montaba de oportunista junto a la portería del adversario esperando un rebote que le trasladase a la gloria. El bulto era la nada, el vacío, el abismo, un fistro andante que figuraba pero no contaba. Sánchez y los suyos andan camelándose a los de Podemos para que jueguen en el nuevo gobierno precisamente de eso, de «bulto», pero no parece que a los de extrema izquierda, es lógico, esa condición que les convertiría en un ectoplasma entre engorroso e invisible les ilusione. Los de Iglesias quieren cacho, presencia, mando en plaza y, sobre todo, poltronas desde las cuales proyectar propaganda gracias a los minutos de noticieros y tertulias. De mayor nadie desea ejercer de «bulto», y menos en política.