'Juego de tronos'

MIQUEL NADAL

He sido consumidor de series, y como producto de entretenimiento son un buen síntoma de cómo ha cambiado nuestra manera de concebir el ocio y nuestro universo simbólico. El comentario no nace de un vejestorio incapaz de evolucionar y que se quedó en el mundo de 'Los gozos y las sombras'. Pienso seguir siendo un aguerrido militante de la virginidad de 'Juego de Tronos'. No sé nada ni de la serie, ni de la trama, ni de los personajes. Por lo general, tiene que haber muy buena literatura para que todo ese enredo de tierras oscuras, espadas y antorchas fuera capaz de atraerme. Todas esas sagas nórdicas de laboratorio están concebidas de manera artificial, mecánica, de acuerdo con algoritmos, pausas y cambios de ritmos con una finalidad meramente adictiva: enganchar a un espectador pasivo que no reflexiona. Cuando sobre el contenido de series como 'Juego de Tronos' se pretenden trazar paralelismos y metáforas con la realidad, acabo convenciéndome que su aparente perfección técnica está construida del mismo material con que se hacen los mensajes de las campañas electorales, los bellísimos anuncios de perfumes, el perfume de las bolsas de aperitivos, la imagen de las ciudades para el viaje turístico. Que uno pueda ver una serie tiene un pase. Pero que sobre ello, además, haya quien pretenda extraer consecuencias sobre el poder, el amor o la muerte resulta frívolo y superficial, porque se han convertido en simulacro, franquicia, un supuesto producto cultural, conversación de barra de bar que la globalización nos ha traído junto con las maletas de cabina de vuelo de bajo coste. Cuando uno repasa nuestra historia y nuestra tradición cultural se da cuenta de que en Grecia, en Roma, en la tradición judeo-cristiana, sin Invernalia que valga, la luz, el sol, el mar y los olivos pueblan nuestro pasado de mitos. Todo está ahí ya. La culpa, la caída, el destierro, el éxodo, la miseria y la pobreza. Antígona, Edipo Rey, Sísifo, los profetas de Israel, las murallas de Jericó, los Argonautas, nuestro Tirant en Constantinopla, el huerto de Getsemaní. En muy poco tiempo saberlo será una rareza, una habilidad de privilegiados, como los que son capaces de meter un barco en una botella, o sentarse en un parque público para leer una novela. Surge la fascinación por el estreno de una nueva temporada de una serie y a uno le da la impresión de que es una nueva victoria de esa especie invasora que aniquila la lectura, la pausa y el sosiego, y que contamina hasta la política y las campañas electorales. Sófocles, Esquilo, los divulgadores del mito y la tragedia, de la reflexión sobre la ciudad y el poder. Los novelistas del siglo XIX. Todo ya estaba allí sin necesidad de una serie. Que nadie reclame culpas si después hay políticos que confunden las citas, resuelven las crisis de gobierno como en una serie escandinava y transforman el tiempo de las legislaturas como la ficción banal de una nueva temporada.