AQUÍ SE JUEGA

MIQUEL NADAL

Cada actividad y su escenario concreto, tiene sus códigos y su manera de ser vivida. No viene de ahora. Cualquiera que haya frecuentado la hemeroteca sabe que la rivalidad, los tumultos, las riñas, y hasta la prensa satírica deportiva, acrecentó la afición por el fútbol. Se era, ciertamente, pero también se era 'contra' alguien. Felizmente hemos evolucionado, y yo al menos tiendo a cenar religiosamente con independencia del resultado del partido. Faltaría más no cenar por culpa de gente que incluso está tatuada sin ser de la Legión Extranjera, y que cada minuto repite ante cada pregunta el «como ya te he dicho», o que «no queda otra que trabajar». De ahí que cuando se predica el respeto en el fútbol, y la moderación entre las aficiones, impidiendo los insultos, los cánticos racistas, o con cualquier fobia al diferente por su origen o condición sexual, soy el primero en lamentarlos, los pronuncie quien los pronuncie, tanto da si son protagonistas los míos o los extraños. En el caso de los insultos hay que ser rotundo, que la vida ya es muy complicada como para enredarse con el odio. Ahora bien, hay que asegurar que el foco apunte en todas direcciones, y que enfoque por igual a todos los protagonistas, distinguiendo bien claro entre el odio y el pitorreo. Cuando se enciende la llama del derbi, y se pretenden crear las condiciones de un derbi, y hasta incluso se proclama sobre la utilidad y eficacia de un derbi y de la rivalidad para fortalecer la cultura simbólica y deportiva de las ciudades, se convendrá que se ha de ser consciente que eso implica cierta apelación a la broma y a la diversión respecto del rival. Las reglas que rigen la animación de un partido de fútbol no son las mismas que un recital de poesía, o la contemplación de Turandot, la ópera de Puccini. Ni siquiera es lo mismo cuando de niños aplaudíamos en el cine Lido las películas de vaqueros, con la llegada de la caballería al rescate de las caravanas, masacrando a los indios, que si hoy, en los cines Babel, me pusiera a aplaudir en un drama histórico. Me echarían, conforme toca, de la sala. Hay que saber distinguir, y en cierto modo, si es que jugamos a la existencia del derbi, desde el respeto, y sin insultos, asistir ofendido de casa, y con cuajo para aguantar lo que a uno se le pueda cantar. Que uno ha estado a veces en campos de fútbol en que ha sido objeto de cánticos poco amables, y tiene que ser consciente de que no es lo mismo que pudo sentir si hubiera podido asistir al Colegio de Francia a escuchar un Seminario de Semiología Literaria de Roland Barthes. Porque en caso contrario pareceríamos el cínico capitán Renault en la película Casablanca clausurando el Rick's Café con aquella hermosa frase: «¡Es un escándalo! He descubierto que aquí se juega». Pues claro, con respeto pero se juega.