Una jornada contradictoria

¿Contra quién se planteó una movilización cuyas reivindicaciones nadie se ha atrevido a discutir en voz alta y a cara descubierta?

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Viernes 8 de marzo, doce de la mañana. Mientras las autoridades de la Universidad de Valencia se concentran en las escalinatas del rectorado en apoyo de la huelga feminista, las cajeras que atienden la cafetería de su Facultad de Derecho despachan con sosiego a una clientela que, aunque los viernes no suele ser numerosa, ese día lo es mucho menos.

Que la huelga del pasado 8-M lograra un mayor seguimiento entre las autoridades políticas y entre las estudiantes de enseñanzas medias y superiores -cuya relación con el capitalismo explotador del género femenino intuyo más teórica que práctica- que entre las trabajadoras que a diario dan el callo detrás de un mostrador, de una línea de envasado o de una mesa de despacho, constituye una de las más chocantes contradicciones de una jornada contradictoria de principio a fin.

Porque contradictorio fue que a la convocatoria se sumaran tantas asociaciones, partidos, sindicatos, colectivos y onegés que a la postre resultara inevitable preguntarse contra quién se planteaba una movilización cuyas reivindicaciones nadie se había atrevido a discutir en voz alta y a cara descubierta. Contradictorio fue que fueran quienes no deseaban secundar la movilización los que se vieran presionados a justificar el por qué de su ausencia. Contradictorio fue que tratándose de una movilización supuestamente social fueran legión las instituciones públicas que se sumaran a la misma poniendo a su disposición todo su arsenal de medios de difusión, y -sobre todo- que entre ellas se contaran la inmensa mayoría de las que entre sus propios fines tienen encomendada la efectiva erradicación de las carencias para cuya erradicación se manifestaban sus responsables. Y porque contradictorio fue, en fin, que estos máximos responsables consideraran que la mejor manera de lograr sus objetivos era echarse a la calle para exigirlos, en lugar de permanecer en sus despachos para procurarlos.

Aunque sin duda nada más paradójico que el hecho de que esa artificiosa división entre varones vocacionalmente opresores y mujeres irremediablemente oprimidas colocara a un mismo lado de la pancarta a las mujeres que durante décadas han luchado por ampliar los derechos de las de su sexo y a quienes a día de hoy no dejan de extender la mano para beneficiarse de sus conquistas, y al margen de ella a quienes hasta ayer compartieron esa misma lucha y hoy padecen esas mismas carencias, pero resultan pertenecer al sexo equivocado.

Viernes 8 de marzo, seis de la tarde. Los profesores y los alumnos de la Universidad, arengados desde la propia institución para sumarse a la manifestación empiezan a concentrarse junto al Parterre alrededor de la pancarta que lucirá su Rectora. Mientras tanto, las trabajadoras de la limpieza agotan su jornada laboral desinfectando aseos, vaciando papeleras, quitando el polvo a los libros.