Jerónima Galés, impresora valenciana del siglo XVI

Jerónima Galés, impresora valenciana del siglo XVI
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ALEJANDRO AGUSTÍN NOGUÉS ABOGADO

Cerrando los ojos me puedo imaginar a Jerónima Galés bajando al taller desde la vivienda que estaba en la primera planta de su casa en la Platea Herbaria (que hoy se denomina la Plaça de l'Escolanía de la Mare de Deu dels Desamparats en el lugar que nos tendríamos que imaginar hoy sin la Basílica de la Virgen erigida en el siglo XVII), de riguroso luto con el pelo recogido en un moño, con delantal y las mangas hasta los codos, pues no sería la primera vez que supervisando y controlando las labores de impresión se pusiera perdida de tinta.

Me la represento con el ímpetu y la energía necesarios, impartiendo instrucciones a los oficiales y revisando el trabajo de los aprendices, comprobando la buena marcha de una edición pues había comprometido una fecha de entrega y tenía a gala que su familia de impresores no faltaba a su palabra, pues siempre había cumplido con sus compromisos, antes, y, ahora con más empeño si cabe, pues, ella como mujer e impresora, sabía perfectamente que un buen taller de imprenta se basaba en el trabajo bien hecho y en la seriedad en el cumplimiento de lo acordado con clientes tan importantes como la Diputación del General, el Arzobispado y el Hospital y más en esos tiempos en los que tenía que soportar los rumores, engendrados por la envidia y la ignorancia, de que sin un marido no sacaría adelante la imprenta.

Así que, bien porque esa era su personalidad, bien porque no estaba dispuesta a soportar los infundios de que una mujer al cargo de una imprenta era como «sacar a las puertas de su quicio», daba las órdenes con seguridad y determinación para que todos cumplieran con la tarea, haciendo bien su trabajo, y, a la primera, pues el prestigio de su imprenta estaba por encima de todo y ella estaba empeñada en mantenerla abierta por encima de todas las adversidades. Se lo debía a su difunto marido, el impresor flamenco Joan Mey Flandro, a sus seis hijos, a las más altas instituciones de la ciudad y del Reino, a los no muy numerosos pero cultivados lectores, y, sobre todo, a ella misma, aunque no hiciera ostentación de ello, para que no se le acusara de los pecados del orgullo y la soberbia. Sabía de su valía y no estaba dispuesta ni a ocultarla ni a disimularla, aunque en más de una ocasión, tuviera que bajar la mirada evitando una discusión tan estéril como injusta.

Podría tener la impresión, y, a veces la sospecha cierta, de que a ella se le exigía más calidad y mejor precio en los trabajos de la imprenta que a los otros talleres de la ciudad, y ello a pesar de tener una gran experiencia pues llevaban ya más de dos centenares de obras impresas, y, eso no estaba al alcance de todos los talleres ni impresores de la ciudad, del reino y si se le apuraba, de toda la Corona de Aragón ni resto de reinos de España.

Todos los valencianos se mostraban orgullosos de que en su ciudad -probablemente en la cercana calle Portal de Valldigna- se hubiera impreso con la prensa de Gutenberg, el primer libro en España en 1474 por el alemán Lambert Palmart, con el título Obres o Trobes en Laors de la Verge Maria, que consistió en la impresión de cuarenta cinco poemas de un certamen poético en el que participaron cuarenta poetas, siendo dos castellanos, un barcelonés y los treinta y siete restantes valencianos, con la aspiración de ganar el galardón consistente en un «bell gipó de seda», que, por cierto, no ganó ninguno al ser declarado desierto, o más bien y para sorpresa general, se concedió a la misma Virgen María.

Además de este gran acontecimiento de la impresión en España, hubo otro hito importante de la imprenta, como la impresión de la obra Comprehensorium atribuida a Johannes Gramaticus Philoponus, primer incunable español fechado, que se estampó en la imprenta de Lambert Palmart el 23 de febrero de 1475 en número de 500 ejemplares con 334 páginas cada uno, lo que supone en la opinión experta del impresor Ricardo José Vicent García, recientemente fallecido, que la obra se debió empezar a imprimir sobre 1473 pues fueron unos 167.000 folios impresos con las prensas y medios de la época.

Jerónima Galés debió de ser lista y muy trabajadora, dos buenas cualidades para cualquiera y más para una mujer al frente de un taller de imprenta y también debió hacer frente al hecho de que en su condición de mujer no solo tenía que hacer un buen trabajo como impresora sino que además tenía que vencer el prejuicio de que como mujer no estaría preparada para hacerlo como lo había hecho años atrás su marido impresor.

Abro los ojos e imagino que el bullicio de la plazuela de ahora debió ser como el de la época de entonces, pues Valencia en 1583 con unos 75.000 habitantes era la ciudad más poblada de la península, a excepción de la Granada musulmana, teniendo en la Corona de Aragón, Barcelona unos 30.000 habitantes, Zaragoza 20.000 y Mallorca 15.000. Ciudad, pues, populosa y cosmopolita, que supo crear en el siglo anterior un cénit de una gran literatura y poesía que ha pasado a la historia como el Siglo de Oro de la Lengua Valenciana, un siglo antes del que produciría la lengua castellana, y del que la imprenta en Valencia debió ser un factor favorecedor, pensando que a pesar de los siglos transcurridos, el trabajo de la imprenta sigue siendo un pilar central de la cultura y que la mujer actual sigue teniendo que demostrar y trabajar más que el hombre para conseguir el mismo reconocimiento, si es que se le brinda.