JAURÍAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando joven, una explosiva mezcla de curiosidad y descerebramiento fruto de las lecturas apasionadas y el celuloide chutado en vena, junto a la invencible excusa de «estas cosas que observo me servirán algún día de inspiración para escribir algo...», me arrastraron hacia todo tipo de ambientes, desde las cuevas hasta los palacios. La avidez presidía mis actos. Todo me interesaba. En las zonas subterráneas conocí los peores afters de la ciudad. La flor y nata de los camellos del trapicheo mezquino, el oasis de los matones de barra, el paraíso de los descarriados sedientos, el territorio salvaje de los rudos verdaderos, de los pijos que buscaban emociones nasales y de los mirones como yo. Asistí desde la primera fila a combates de puñetazos y vasos quebrados en cráneos ajenos, escuché amenazas patibularias que luego utilicé porque resultaban tan graciosas y brillantes que se tatuaban en el cerebro. Ahí va una: «Yo me desayuno gilipollas como tú con pan Bimbo todas las mañanas». También es verdad que el emisor de la frase tenía agarrado al otro por los meros huevines, con lo cual gozaba de la ventaja de la palabra y del gesto... Lo que jamás contemplé, jamás, ni de lejos, fue una agresión verbal o física a una chica. Al contrario, la mujer representaba un tótem sagrado para toda esa tropa de tormentas de acero. Las protegían, las acompañaban hasta su casa si así lo deseaban y cuando un advenedizo desagradable intentaba propasarse lo exiliaban rápido del tugurio con las orejas calientes y la nariz rota. Por eso me estalla la cabeza buscando una explicación para esas jaurías de jóvenes indeseables, abyectos, que violan en grupo. ¿Qué ha fallado, qué hemos descuidado durante estos lustros? Aunque imagino que son varias y diferentes las respuestas, destaco una: el atroz retroceso de la educación.