JALISCO, NO TE RAJES

A LA ÚLTIMA ALBA CARBALLAL

La otra noche vimos del tirón la última temporada de 'La casa de papel'. Al despertar, con la resaca emocional y el dolor de ojos propios de estos maratones, encendí la tele. Entonces lo escuchamos: «Han atracado la casa de la moneda de México, al más puro estilo de la popular serie española». Paren las máquinas. Ahí estábamos mi chico y yo, con el corazón en la mano, esperando un acto de resistencia, un pulso heroico al sistema, manifestaciones masivas, los secretos de estado de un país corrupto al desnudo. Ya estaba yo buscando billetes de avión -bueno, a lo mejor no fue para tanto, que tenemos las vacaciones pagadas- cuando contaron lo que de verdad había pasado. No habían atracado la casa de la moneda, sino la tienda. La banda no se había amotinado en el edificio: el atraco duró diez minutos. Todo apunta a que tenían un compinche entre los empleados. Se largaron sin épica, sin lucha, sin rehenes y sin amores prohibidos. Sin caretas de Dalí y sin una estrategia hermosa digna de un ajedrecista neurótico. Nada.

La ficción decepciona cuando se concreta en el barro de las versiones de carne y hueso. En la transformación se pierden el arte y los matices. Los atracadores nunca tienen nombre de ciudad ni se juegan el cuello por nadie, y no tienen ninguna voluntad ética ni estética más allá de forrarse. Y ni siquiera les sale muy bien: su botín asciende a la mitad de lo que ganaron 'Los Lobos' en '¡Boom!', y son más a repartir. La realidad es más bien chusca, mediocre, poco glamurosa. El partido, además, suele estar amañado: las bandas de verdad no señalan corruptos, sino que recurren a un cuñado que les abre la caja por una propina. Por eso odio las pelis basadas en hechos reales: la BSO de lo real nunca es el Bella Ciao, sino aquella ranchera -mexicana- que escuchó el Dioni antes de llevarse el furgón: Jalisco, no te rajes.