Una investidura en chanclas

MIQUEL NADAL

Como mínimo calzado urbano, pantalón largo y camisa adulta. Antes de la retransmisión tendría que haber aparecido una advertencia sobre el consumo visual de la investidura, recomendando una vestimenta concreta. Yo lo hubiera seguido como si fuera una advertencia médica. Con camisa y americana sería posible componer una reflexión sobre la reforma del artículo 99 de la Constitución y desgranar una serie de argumentos sobre la trampa de una iniciativa que pretende aportar un suplemento de confianza en una arquitectura institucional diseñada ya para premiar a las mayorías. O enredarme en una compleja disquisición sobre el juego de las mayorías, la fragmentación y la consecución de la confianza. Pero en chanclas y con bermuda no ha habido manera. Uno asiste impasible a una representación de un debate de investidura cuya resolución se compone en otro lugar, y que se asemeja cada vez más a esas comedias de bulevar, de puro enredo, con papeles asignados de antemano, el marido, la mujer, el galán maduro, la amiga frívola y que no provocan ninguna emoción. El juego de la narrativa que antes pretendía colarse en el Diario de Sesiones hoy se distrae en otro lugar. Twitter es ya el Diario de Sesiones del siglo XXI, y por eso mismo, sin ningún tipo de matiz, un mismo párrafo acoger la apelación al sentido de Estado y al mismo tiempo condena al resto de actores a un papel vicario, de comparsa, con inferioridad moral. La columna, o el debate de investidura, crece macerada en el sopor de la siesta, trasformada en otro acontecimiento casi deportivo, con un acuerdo casi conseguido en el minuto de descuento, como un partido de pretemporada o una etapa del Tour, entre los Pirineos y los Alpes. Cuando se está en el trabajo, la propia inercia laboral te permite creer en unas solemnidades que en chanclas y bañador resultan incomprensibles. Que el Parlamento tiene mucho de representación es una obviedad, y que al fin y a la postre la actividad política cuenta con aspectos semejantes a la seducción y a la proposición de acuerdos significa que no todo puede fiarse a la batalla del relato. Se puede vencer en la batalla del relato y por eso mismo no pasar a la historia, que es un asunto mucho más importante que conseguir una victoria. Entre los libros de Oliva, la segunda división de la biblioteca, releo una recopilación de los aforismos de Lichtenberg que editó Edhasa: «Hay exaltados sin capacidad, y son ellos la gente verdaderamente peligrosa». En bañador, haciendo pedaleo imaginario en el Coll del Tourmalet, gestión de espacios en la barra del Soqueta, y compartiendo la vida con los amigos que importan de verdad, la visión de la investidura provoca una extraña somnolencia, una distancia generacional, una lejanía cultural, una brecha que incluso llega a inquietarme porque me confirma que la política se abona al populismo y la exaltación y se aleja de la capacidad. La culpa es por ver los eventos en chanclas.