INTOLERANCIA PROGRE

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La caída del muro de Berlín, el fin de la utopía comunista (que dejó a sus espaldas decenas de millones de muertos, represaliados y exiliados y centenares de millones de empobrecidos y sojuzgados) obligó a la izquierda europea a reinventarse. Las viejas consignas ya no servían, había que abrazar nuevas causas que permitieran mantener la base fundamental de la ideología, la superioridad moral sobre la derecha. Los homosexuales, los inmigrantes, las mujeres o el ecologismo han sido, sucesivamente, las tablas a las que se ha agarrado con desesperación un pensamiento a la deriva incapaz de hacer autocrítica y de asumir sus errores históricos. Los mismos que reclaman a la Iglesia que pida perdón por equivocaciones cometidas en el pasado son incapaces de entonar el mea culpa por su complicidad con dictaduras crueles o revoluciones tan sangrientas como la de Asturias en 1934, en la que el PSOE tuvo un papel protagonista. Pero no hace falta viajar al ayer para encontrar estas contradicciones o, peor aún, una hipocresía lacerante, basta con fijarse en lo que sucede en Venezuela o en Nicaragua -por no hablar de Cuba, siempre Cuba-, para darse cuenta del cínico doble discurso de la izquierda política e intelectual, de sus altavoces mediáticos y de sus agentes culturales y sociales, auténticos comisarios políticos del pensamiento único. Con tal de mantener el relato políticamente correcto desprecian o tratan de ocultar episodios históricos documentados, como los obstáculos que en tiempos de la absurdamente idolatrada II república española pusieron los partidos de izquierdas a que se aprobara el sufragio femenino, temorosos de que el entonces perfil más conservador de las mujeres les restara apoyos electorales. Todo sea por la causa del bien -la izquierda- contra el mal -la derecha-. Y la causa lo permite y justifica todo, desde el uso de la violencia -que en unos casos es fascismo puro y duro mientras en los suyos se disfraza como 'escraches' o 'legítima defensa' (¿de qué?, ¿de quién?)- hasta la patrimonialización de cuestiones que nos afectan a todos (la defensa de la naturaleza) o de colectivos cuya defensa no responde a intereses de siglas (homosexuales, inmigrantes, mujeres). Lo mejor que le puede ocurrir a una reivindicación es ganar adeptos, hacerse transversal, calar en todos los estratos de la sociedad, sin distinción de edad, clase, territorio o ideología. Cuando en la marcha del orgullo gay se insulta, se persigue y se acosa a los políticos que no son de izquierdas se demuestra la intolerancia de unos partidos que desde aquel viaje que iniciaron tras la caída del muro para reinventarse no han logrado desprenderse de esa cara siniestra, inquietante y autoritaria del que sólo considera demócrata al que piensa exactamente igual que él.