INTÉRPRETES EN BABEL

MANUEL ALCÁNTARA

El cargo de rebelión se castiga con penas que van de los quince años de prisión a los veinticinco, pero es preciso detener previamente a los rebeldes. Le llaman «insurrección violenta» a una rebeldía programada, pero el asunto principal es mover la losa de granito de Franco, que pesa lo suyo y lo nuestro. El Valle de los Caídos se ha convertido en un lugar de peregrinación y unos van al tétrico mausoleo para comprobar si sigue allí y otros para asegurarse de que no ha resucitado. Así no se decepciona a nadie mientras celebramos el primer viaje oficial de la Princesa Leonor, que es guapa y tímida, pero ignora todavía que «la timidez es como un traje mal hecho». Mientras, crece la oposición al papa Francisco, al que acusan de algo tan grave como encubrir abusos sexuales conocidos por todos.

Al referéndum ilegal le han faltado partidarios que en vez de restañar heridas quieren que sigan sangrando. En lo que llamamos «historia moderna», olvidando que todos somos contemporáneos mientras vivimos, a Francisco le están tambaleando la silla de San Pedro, que ya renqueaba desde hace algún tiempo porque tiene las dos patas más cortas que la otra. Después de cinco años de ataques, lo único que puede verse claro es que la conspiración contra el Pontífice nació en la Iglesia y ha crecido mucho en los 100 días de Gobierno socialista. La retirada de los lazos amarillos ha sido reemplazada por otros del mismo color, pero lo que más nos importa en España sigue siendo el traslado de los huesos que ya están hechos polvo. La solución no es soplarlos porque se cuelan por todas las rendijas. No es exactamente que nos falten ideas, sino que las que tenemos son de segunda o tercera mano y las dos están ocupadas en recoger el horizonte, que siempre está tendido.

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