Intenciones y realidades

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La maniobra de Pedro Sánchez para colocar a un socialista catalán, Miquel Iceta, al frente del Senado, la Cámara legislativa que tiene la potestad de aprobar la aplicación del artículo 155 de la Constitución, choca con la dura realidad de un independentismo montaraz que no parece dispuesto a ceder ni un milímetro en su estrategia de por una parte tensionar al máximo las relaciones con lo que ellos llaman «el Estado» y, al mismo tiempo, ir ocupando todos los sectores de una sociedad catalana hipercontrolada e ideologizada hasta el extremo, desde la escuela a las organizaciones empresariales, los medios de comunicación, el deporte, la cultura.... El reciente desembarco victorioso de la separatista Asamblea Nacional Catalana (ANC) en la Cámara de Comercio de Barcelona muestra hasta qué punto el soberanismo está dispuesto a llenar todos los huecos posibles, a presentarse como la única alternativa creíble, a conducir a Cataluña hasta un punto de no retorno con un enfrentamiento sin posibilidad alguna de arreglo, a conquistar gota a gota el respaldo de un número cada vez mayor de ciudadanos con el fin de alcanzar un apoyo electoral del 60% de los votos que haga inviable cualquier intento de oposición del Estado de derecho a una nueva declaración unilateral de independencia.

Sánchez pretende explorar la senda de la «España plurinacional» aunque no sepa demasiado bien qué es eso, pero suena bien como propuesta de diálogo ante un nacionalismo que ya no se conforma con el modelo autonómico. Conceptualmente, la idea está bien, avanzar en el autogobierno como fórmula para sacar a España del atolladero territorial en el que la han metido cuarenta años de descontrol, desigualdades crecientes y concesiones temerarias a las regiones (competencias en materia de educación, control de los cuerpos de seguridad y de las cárceles...). Pero el problema es que en su aplicación práctica, esa idea de «España plurinacional», anticipo de un Estado federal, no colmará las aspiraciones del independentismo que sueña con una república propia, sin Rey ni obediencia a «Madrid», dueño de sus propios recursos. Y por otra parte, la federalización llevará a muchas comunidades hacia un terreno no deseado ni reivindicado, como ya ocurrió con el «café para todos». Lo que a su vez redundará en unos procesos artificiales de construcción de identidades nacionales que acaben justificando la extensión de este modelo de organización. El primer intento sanchista de colar aunque sea por la puerta de atrás la «España plurinacional» parece que se va a saldar con un sonoro fracaso, un desaire de un independentismo que sufre en silencio las afrentas en forma de clases magistrales de Derecho procesal que imparte el magistrado Marchena.