INDIGESTIÓN

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ardor estomacal, ligera cefalea, entumecimiento de osamenta, algo de tos, pelín de flato, dolor lumbar y ese tan vago como pernicioso malestar general son los síntomas que me persiguen tras la maratón de los debates. Dos debates encadenados ignoro si suponen un homenaje al juego democrático o un exceso que nos provoca ese aturullamiento espeso y grasiento que flota sobre nuestros descascarillados cuerpos. Ahora que ya ha pasado todo y caminamos con sensación de regresar de la trinchera les confieso que el segundo debate se me indigestó. Aguanté hasta el momento «vivienda», y cuando observé que el morador del célebre casoplón no nos explicaba a los que vivimos hipotecados en ochenta metros cuadrados cómo agenciarse un chaletazo de dimensiones aristocráticas antes de los cuarenta años, la sesera se me bloqueó porque las neuronas se me constiparon, se me griparon, se me suicidaron. En ese trance mis pensamientos se dispersaron hacia los senderos frivolones... Mientras los políticos de piscifactoría platicaban recio, me asaltaban dudas chorras. ¿Había visto ya el último capítulo de 'Billions'? ¿Quién venía mañana a la radio? ¿Había quedado a comer con alguien al día siguiente y entonces adiós a la siesta? Detecté que andaba a esas horas atragantado moral, física y espiritualmente y me largué perdedor al lecho para seguir leyendo 'Herido leve' de Eloy Tizón (no se lo pierdan si les gusta la literatura). Si los debates debían de disipar las dudas de los indecisos me barrunto que las ha aumentado porque la sobredosis de charlatanería colapsa las almas que naufragan en las eternas dudas. A todo esto, ¿es verdad que la Pantoja se arrojará bizarra desde un helicóptero para su aventura de supervivencia remunerada? Ya me avisan, es que necesito un chute de gozosa caspa para tonificar mi debilitada salud.