Incorporados a la casta

VICENTE LLADRÓ

Tuve que pellizcarme para comprobar que no era un raro sueño. A Irene Montero, diputada de Podemos, le preguntaron los periodistas al salir de una sesión de la Comisión parlamentaria de Secretos Oficiales. Pero su señoría fue fiel a lo que obliga pertenecer a la misma y dijo, muy digna, que no podía decir nada, naturalmente, «porque es secreto».

Aquí viene lo que puede ser motivo de debate. ¿Puede haber secretos oficiales?, ¿debe haberlos?, ¿es conveniente que los haya?, o desde el pueblo llano cabe pensarse: ¿no será eso el subterfugio habitual para escurrir el bulto desde las altas instancias, para escamotear información a los ciudadanos? Como desde el otro lado se ve lógico y se asume que hay cuestiones delicadas que no han de divulgarse, que entre los altos designos de Estado habrá asuntos reservados, incluso algunos que afecten a cuestiones de seguridad colectiva; también los que no deben airearse para evitar males mayores, y seguramente los que por criterios de discreción tendrán que ponerse a buen resguardo, al menos durante algún tiempo, para no ofrecer argumentos a los contrarios, ni develar las cartas a los 'malos' de la película. Entre otros muchos supuestos.

Pero es que doña Irene Montero es de Podemos y ha venido demostrando que es muy batalladora en pro de los principios 'podemitas'. Una de las causas 'bandera' ha sido la de enfrentarse a las castas, y por tal cosa nos han venido identificando a los políticos 'clásicos', a los poderes fácticos, al sistema... Un sistema que abarca el Parlamento, las Cortes, y que incluye esa Comisión de Secretos Oficiales a la que hoy pertenece la diputada Montero, a la que sería más fácil imaginar contra los secretos oficiales, por coherencia. Pero no, como otros, parece que ha tenido a bien incorporse a la casta... y sus secretos.