EL VAR E IÑAKI ZUBIZARRETA

El deporte puede aportarte odio y fijación por los árbitros o increíbles historias de gente menos conocida

FERNANDO MIÑANA

Se inventó el VAR para acabar con la polémica en el fútbol. Aunque había quien, y no eran uno ni dos, decía que las discusiones de bar, con b, eran la salsa de este deporte. Yo siempre he pensado que la salsa eran los goles o un hermoso regate o una carrera majestuosa con el balón controlado o el vuelo de un portero hasta una esquina de la portería.

Siempre he dicho que había jugadores que me gustaban por la armonía con que se movían. Ardiles, Giresse, Guardiola, Sócrates... O Romario girando y regirando en el área. Por eso aún se discute si Maradona es mejor que Messi. Porque el Pelusa era infinitamente más plástico, te enamoraba hasta en sus acciones más intrascendentes, como el día que se fue a sacar un córner en el Sánchez Pizjuán y, de camino al banderín, se entretuvo dándole toques a una bola de papel que se encontró por allí.

Pero ni siquiera el VAR ha podido salvar a los árbitros. En cuanto surgió de esa sala llena de pantallas un error en contra del Real Madrid, el prestigio del VAR quedó hecho picadillo. ¿Cómo va a ser beneficioso para el fútbol algo que perjudica al Real Madrid? Al final lo que pasa con el fútbol es que parece que solo sirva para sacar a relucir la mediocridad de la gente, concretada en su fijación por los árbitros.

Llevo toda la vida viendo deporte y disfrutando de todas sus variantes. Y lo que no tardé en descubrir es que cuanto más te alejas del forofismo, más hermoso es. Cuanto menos se habla del VAR, de un penalti en el Bernabéu o de un fuera de juego que parece una vergüenza solo después de ver doce repeticiones y trazar una línea virtual sobre el campo, más enriquecedor es.

Yo llegué al periodismo deportivo en los tiempos en los que aún se escribía 'off-side', penalty con y y cuando las crónicas estaban atiborradas de tópicos y barbarismos. Pero ahora el deporte te entrega pequeñas dosis literarias muy meritorias, un derroche de redacción que, al contrario que hace 30 años, es más habitual en las columnas deportivas que en otras.

Ha ayudado mucho que los intelectuales salieran del armario y se atrevieran a escribir sobre deportes. Porque no está reñido leer a Murakami y gozar con el revés de Federer. En la televisión ha sucedido algo parecido. Cuánto ha cambiado de los tiempos de la Moviola a los de Informe Robinson. A la gente le ha costado entender que era mucho más profundo, y entrentenido, conocer la vida del patinador Javier Fernández o descubrir la particular historia de Gino Bartoli que examinar con lupa cada decisión de cada árbitro.

Esta semana he descubierto un nuevo programa. El primer capítulo que vi se llamaba 'Cuando fuimos los peores' y entrevistaba a aquellos deportistas españoles que compitieron por el mundo siendo unos patatas. El alcireño Adrián Campos contó que, en la F-1, tenía que conducir como un taxista para poder llegar a la meta con su Minardi. O esa otra nadadora que practicaba la sincronizada y que siempre terminaba última. O Montse Puche, una jugadora que dio muchos años de gloria al balonmano valenciano, quien recordaba que en la selección se tenían que poner la ropa que heredaban, como si fueran el hermano pequeño, del equipo masculino.

El segundo capítulo que vi lo dedicaron a aquellos pívots de más de siete pies (2,13). Romay, el rockero Miguel Tarín, Van der Hare... Y uno de casi siete pies, Iñaki Zubizarreta. Al vasco lo conocí cuando jugó en el Pamesa. Él salió de titular en la final de la Copa del Rey que ganó el equipo valenciano en 1998, gracias a una decisión que utilizó el Maestro Miki Vukovic para desconcertar a Alfred Julbe.

Zubizarreta contó con detalle su caso de 'bullying'. Explicó con lágrimas en los ojos cómo se ensañaron con él en el colegio y cómo una profesora, en vez de protegerlo, lo marginó. Contó cómo se desesperó, cómo se sintió dolorosamente incomprendido y cómo, un buen día, se fue a un acantilado, puso los pies en el borde y dejó que el ángel y el demonio empezaran su debate. Zubizarreta aclaró que no saltó aquel día únicamente para que su hermano no perdiera al tercer hermano en unos meses. Porque ya habían muerto otros dos y aquello hubiera sido una putada.

Y yo, con las lágrimas corriendo por mi rostro y la boca abierta, me puse a pensar que cómo puede la gente perder el tiempo hablando del VAR cuando tiene ofertas deportivas infinitamente más sugerentes.

 

Fotos

Vídeos