Por imperativo moral

Han convertido la huelga en arma arrojadiza y a sus defensoras y detractoras en los polos opuestos de una dicotomía maniquea

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Por imperativo social. O moral. O celestial. A estas alturas ya no sé muy bien cuál de todos me obliga a contemplar la huelga del día 8 como una posibilidad inexcusable, pero admito que he pasado por todos ellos y por sus contrarios. En un inicio pensé que era necesario aprovechar el Día de la Mujer Trabajadora para evidenciar muchas cosas que deben ponerse sobre la mesa: brechas salariales, acosos y abusos, micro y macromachismos, la falta de conciliación, el doble trabajo doméstico, la dependencia sobre los hombros femeninos... Hay decenas de motivos para manifestarse, reclamar un cambio de mentalidad y alzar la voz contra todo tipo de discriminación, injusticia o minusvaloración de la mujer. Sin embargo, cuando empecé a leer manifiestos y fundamentos ideológicos de la convocatoria, sentí cierto extrañamiento que me hizo cuestionarla. En lugar de buscar un terreno común en el que pudiéramos sentirnos todas -y todos- representadas, optaron por ofrecer un punto de partida muy determinado que no siempre se comparte. Por ejemplo, en el manifiesto de la convocatoria se defiende el derecho a la vida aplicado a la biodiversidad del planeta pero se da por hecho que la autonomía de la mujer incluye el aborto como tratamiento médico liberador. Es lógico que eso, a las contrarias al uso del propio cuerpo por encima del cuerpo indefenso de otro ser, nos provoque rechazo. Y, por ende, es inevitable que manifestemos reticencias a sumarnos a una convocatoria que lo incluye. En ese punto se han situado algunas mujeres, grupos políticos y entidades sociales. E, inmediatamente, han sido criminalizados por discrepar. Sin embargo, si ha habido un uso partidista por algunas de las que convocan, no ha sido diferente entre sus contrarios. Afirmaciones como las de la ministra García Tejerina diciendo que habría que hacer una huelga a la japonesa es tan sonrojante como la del cardenal Osoro alegando que la Virgen María haría huelga. Las posiciones maximalistas en cualquier sentido liman los matices que, en esta huelga, son relevantes. El error, de hecho, ha sido ése: imponer y no buscar acuerdos de mínimos, aunque los apoyos globales lo difuminen. A estas alturas la convocatoria ya se ha situado en un punto de no retorno del que es difícil sustraerse. Unos y otros han convertido la huelga en arma arrojadiza y a sus defensoras y detractoras en los polos opuestos de una dicotomía maniquea. Hacer o no hacer huelga ya no es una opción social, es un posicionamiento político y produce profundo hastío tanto en un sentido como en otro. Se hará, por supuesto, pero solo porque hay más motivos para suscribirla que para negarla. Para muchas mujeres, entre las que me incluyo, se hará como juran algunos en las Cortes: por imperativo legal. En este caso, imperativo moral, el que impone la 'sororidad', la solidaridad entre mujeres. Tapándonos la nariz pero levantando la voz tan necesaria.

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